Durante las celebraciones del Día de Muertos y Halloween, las leyendas, los relatos de terror y las decoraciones con iluminación tenue pueden generar miedo o inquietud. Aunque estas experiencias suelen formar parte de las tradiciones y el entretenimiento de la temporada, cada persona puede reaccionar de manera distinta ante aquello que percibe como amenazante.
En entrevista para N+, Andrea Alvarado Barragán, quien cuenta con una maestría en terapia cognitivo-conductual y es docente en psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), explicó qué ocurre en el cuerpo cuando sentimos miedo y por qué algunas personas enfrentar aquello que las asusta, otras prefieren alejarse y algunas se quedan paralizadas.
Compartió que el miedo es una emoción universal que cumple una función de protección. Ante una posible amenaza, el organismo activa mecanismos de respuesta que pueden modificar la respiración, acelerar el corazón y dificultar la capacidad de analizar una situación antes de actuar.
Enfatizó que las reacciones dependen del contexto, de la interpretación que cada persona hace de lo que sucede y de los recursos que considera tener para afrontar la situación.
"Tenemos tres tipos de respuesta ante el miedo, que puede ser luchar, huir o quedarse paralizado. Son respuestas totalmente naturales que manda como señal el sistema nervioso", especificó.
Por ejemplo, durante Halloween, una persona puede sobresaltarse al encontrarse inesperadamente con alguien disfrazado de un monstruo en un pasillo oscuro, aunque después compruebe que se trata de una broma. En ese instante, el cuerpo puede reaccionar antes de que logre identificar qué está pasando. Este tipo de situación permite ilustrar cómo el miedo puede activarse ante algo que interpretamos como una amenaza, incluso cuando no existe un peligro real.
Aunque el miedo puede aparecer ante un peligro real, también puede activarse cuando una experiencia, un recuerdo o un pensamiento se interpreta como una amenaza. Por eso, comprender sus efectos permite reconocer las señales del cuerpo y evitar que una reacción inmediata determine por completo nuestra conducta.
Cuando una persona percibe una amenaza, el cerebro procesa información que puede desencadenar una respuesta de defensa antes de que exista una evaluación consciente y detallada de lo que ocurre.
En este proceso intervienen distintas estructuras cerebrales, entre ellas la amígdala, relacionada con el procesamiento de estímulos emocionalmente relevantes, así como regiones de la corteza prefrontal, que participan en funciones como la planificación, la toma de decisiones y el control de los impulsos.
La activación del organismo puede manifestarse mediante sudoración, temblores, aumento de la frecuencia cardiaca y respiración acelerada. En determinadas circunstancias, también puede resultar difícil hablar, escuchar con atención o encontrar una respuesta inmediata.
¿Pelear o huir ante el miedo?
Ante una amenaza percibida, las personas pueden experimentar diferentes respuestas defensivas. Entre ellas se encuentran la lucha, la huida y la inmovilidad, aunque no todas aparecen de la misma manera ni en todas las situaciones.
Alvarado Barragán explicó que la reacción depende, entre otros factores, de cómo se interpreta el peligro y de las posibilidades que la persona identifica para afrontarlo.
Luchar puede manifestarse como una preparación para enfrentar la situación que se percibe como amenazante.
Huir consiste en intentar alejarse del peligro o buscar un lugar seguro.
Quedarse paralizado puede presentarse cuando la persona experimenta una respuesta de inmovilidad o siente dificultades para reaccionar ante lo que sucede.
"Para decidir si se lucha, huye o conecta únicamente con el cuerpo. Sería básicamente si el riesgo o el peligro está poniendo en tela de juicio la vida de la persona. Ahí sí va a decidir huir ante una situación que realmente sea un peligro muy alto", recalcó.
El miedo no depende exclusivamente de lo que sucede en el entorno. La manera en que una persona interpreta una experiencia también puede influir en su respuesta emocional y física.
De acuerdo con la especialista, los recuerdos, las creencias y las experiencias anteriores pueden intervenir en la percepción de una amenaza. Así, una situación que para alguien resulta cotidiana puede generar ansiedad o temor en otra persona.
Este mecanismo también puede aparecer en las relaciones interpersonales. Una palabra, un gesto o un desacuerdo pueden interpretarse como un ataque cuando se relacionan con experiencias previas o con una sensación de vulnerabilidad.
¿Cómo recuperar la calma cuando sentimientos miedo?
El primer paso es reconocer las señales del cuerpo: identificar si aparecen temblores, respiración acelerada, tensión muscular, sudoración o dificultad para concentrarse.
Regular la respiración: realizar ejercicios de respiración controlada y relajación puede contribuir a disminuir la activación física.
Identificar qué provocó el miedo: preguntarse qué ocurrió, qué se está interpretando como una amenaza y qué información permite evaluar la situación.
Buscar un lugar seguro: si existe un peligro real, la prioridad es alejarse de él y acudir a una persona de confianza o solicitar ayuda.
Evitar responder desde la impulsividad: cuando sea seguro hacerlo, esperar a recuperar la calma antes de continuar una discusión puede facilitar una respuesta más consciente.
FBPT