“Queremos que Nos Vean”: Madres Cuidadoras de Iztapalapa Exigen Apoyo y Reconocimiento
Arantza Ocampo
En Iztapalapa, madres de hijos con discapacidad crearon una red de apoyo para enfrentar el agotamiento físico y emocional que implica cuidar 24 horas al día

Las redes de apoyo son esenciales cuando eres cuidadora primaria. Foto: N+FORO
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En la alcaldía Iztapalapa, en la Ciudad de México (CDMX), un grupo de mujeres se reúne cada 15 días para hablar de algo que pocas personas comprenden realmente: lo que significa cuidar a un hijo o hija con discapacidad las 24 horas del día. En ese espacio comparten experiencias, frustraciones y estrategias para seguir adelante en una labor que muchas veces realizan solas.
Todas tienen algo en común. Son madres cuidadoras de niñas, niños o jóvenes con distintos tipos de discapacidad, desde intelectual hasta motriz. Ante la ausencia de un sistema integral de cuidados que respalde esta tarea y la desigualdad en la distribución de estas responsabilidades, ellas mismas han construido una red de apoyo para resistir el desgaste físico y emocional que implica cuidar de otra persona de forma permanente.
El síndrome del cuidador quemado, una realidad que muchas viven en silencio
Para muchas de estas mujeres, los encuentros no solo son una reunión entre amigas. Representan un espacio de contención emocional donde pueden hablar sin culpa sobre el cansancio extremo, la frustración o la sensación de agotamiento que con frecuencia acompaña esta labor.
Eva Cruz, madre y cuidadora primaria, explica que estos encuentros se han vuelto fundamentales para enfrentar lo que especialistas llaman “síndrome del cuidador quemado”, un estado de agotamiento emocional y físico que puede aparecer después de años dedicados al cuidado de otra persona.
“Es de mucha ayuda porque a veces ya tienes el síndrome del cuidador quemado, que es donde tú ya no quieres volver a ver a tu paciente o a tu familiar. Y aquí puedes venir a externar y decir: ‘¿saben qué? ya no puedo, estoy cansada, estoy agotada’. Entonces sabes qué, mira, déjame a tu hijo o a tu hija una hora. Vete a caminar, toma un café, si quieres platicar con alguna de nosotras. Es la red de apoyo que hemos estado formando”.
El punto de reunión es un centro de cuidados en Iztapalapa, uno de los pocos espacios pensados específicamente para cuidadoras. Con el paso del tiempo, ellas mismas lo han convertido en un lugar seguro donde pueden hacer algo que casi nunca tienen oportunidad de realizar: pensar también en su propio bienestar.
Un espacio donde por fin pueden pensar en ellas mismas
En este centro de cuidados, las madres no solo intercambian experiencias. También encuentran momentos de descanso que en su vida cotidiana son prácticamente imposibles. Algunas aprovechan para acudir a consultas médicas que habían pospuesto durante meses o incluso años. Otras simplemente se permiten caminar, platicar o bailar con sus hijos.
Estas pequeñas actividades representan una forma de autocuidado que muchas habían dejado de lado. Cuando una persona depende completamente de ti, el tiempo personal suele desaparecer. Por eso, estos encuentros funcionan como una pausa necesaria para recuperar energía y continuar con la exigente tarea del cuidado diario.
“Queremos que nos vean”: la lucha por el reconocimiento de millones de cuidadoras
Además del acompañamiento emocional, muchas de estas mujeres coinciden en una demanda central: ser reconocidas socialmente por la labor que realizan. Cuidar implica tiempo, esfuerzo físico, estabilidad emocional y, en muchos casos, renunciar a oportunidades laborales o personales.
María del Rosario Birruete, también madre y cuidadora primaria, afirma que la visibilidad de las cuidadoras es una de sus principales exigencias.
“Queremos muchas cosas, pero sobre todo eso: que se nos visibilice y que nos den el lugar que merecemos, que no nada más somos las mamás de… o el familiar de… Como decimos: si yo no estoy bien, el que cuido no va a estar bien”.
El reclamo no es menor. En México existen cerca de 24 millones de mujeres cuidadoras, lo que representa el 75% de todas las personas que realizan labores de cuidado en el país. Esta carga desproporcionada refleja una desigualdad estructural que recae principalmente en las mujeres.
Cifras que revelan el costo personal de cuidar
Las estadísticas muestran con claridad el impacto que esta responsabilidad tiene en la vida cotidiana de millones de mujeres. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el 39% de las mujeres cuidadoras reporta sentirse constantemente cansada debido a esta labor.
Además, el 31% ha reducido su tiempo de sueño y el 15% ha visto afectado su tiempo libre, lo que limita sus oportunidades de descanso, recreación o desarrollo personal. Estas cifras reflejan que el cuidado no solo implica amor y compromiso, sino también un desgaste acumulado que muchas veces permanece invisible para la sociedad.
Cuando el cuidado consume años de vida
Dedicar años enteros al cuidado de un familiar con discapacidad también genera reflexiones profundas sobre la propia vida. Muchas madres reconocen que, en medio de las responsabilidades diarias, su identidad personal queda en segundo plano.
Rosa Icela Correa, madre y cuidadora primaria, comparte cómo esta experiencia la llevó a cuestionarse el paso del tiempo y el lugar que ocupa su propia vida dentro de esta dinámica.
“De repente te das cuenta: ‘ah caray, ya bastante tiempo de mi vida lo he dedicado a mi hijo’. Y yo, ¿qué hice todos esos años?, ¿dónde estuve? Me ausenté, no me di cuenta de que yo también tengo una vida propia. Pero al final del tiempo es bastante reconfortante saber que lo estamos haciendo, y que lo estamos haciendo bien”.
La exigencia final: que las cuidadoras también reciban cuidado
Para estas mujeres, el mensaje es claro: las madres que cuidan también necesitan ser cuidadas. La falta de políticas públicas y de espacios especializados para cuidadoras ha obligado a muchas a enfrentar esta responsabilidad prácticamente solas.
Por ello, piden que las autoridades garanticen más centros de apoyo para cuidadoras donde puedan descansar, recibir atención psicológica y médica, y contar con redes de contención que les permitan continuar con su labor sin sacrificar por completo su propia salud y bienestar.
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