“Tengo que Pagar 170 Mil Pesos de Croquetas al Mes”, Cómo Sobreviven los Refugios de Animales
Andrea Vega | N+
Sobreviven entre desalojos, falta de recursos y saturación, sostenidos por donaciones y el desgaste extremo de quienes los dirigen, mientras el debate sobre su regulación apenas comienza.

En el refugio de Adopta Mx más de 200 perros esperan por una familia. Foto: N+
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En un predio en medio del Ajusco, en la CDMX, tres personas laboran a toda prisa para levantar un nuevo refugio donde se albergará a más de cien perros y otros animales, como cerditos. Los tres hombres saben que de ellos y su labor depende que estos seres cuenten con un lugar donde vivir. Contrarreloj clavan tablas y ponen rejas para acomodar los dormitorios de los peluditos.
Llevan así semanas. Desde que el 6 de diciembre, el dueño del predio donde operaba el albergue de Fundación Tobby, le advirtió a su directora Samia Klimos, que tenían que desalojar porque había vendido el terreno y no podían seguir ahí.
Le dio poco tiempo para irse y Samia y sus socios empezaron a buscar dónde llevar a sus animales. “Habíamos trabajado mucho para poner el lugar bonito. Lo dimos todo para adecuarlo y nos echaron como si el trabajo y los animales no valieran nada”, dice Samia.
Un conocido les ofreció un terreno para mudarse, pero había que pagar el depósito del primer mes de renta, 50 mil pesos. Además, el propietario del antiguo terreno exigía 50 mil pesos del último mes y 9 mil más por cada semana que no dejaran el lugar.
Hubo además que comprar material para construir espacios para los perritos. Reciclar también fue una opción. Empezó el trabajo tiránico de desmontar un lugar y construir otro.
Samia dice que en medio de la tensión algo bueno pasó. Los vecinos del nuevo espacio se enteraron que ahí se estaba construyendo un refugio para animales y varios corrieron a ayudar. “Llegaron y trajeron sus herramientas, nos trajeron polines, nos trajeron hasta comida, porque hay días que no tenemos ni para comer”, dice. La alcaldía en cambio, a los que Samia contactó en busca de ayuda, prometieron enviar trabajadores, pero nunca llegaron.
La situación para Fundación Tobby es crítica, los gastos de las rentas les han impedido pagar sueldos. Ya deben dos meses de salarios y dos meses de croquetas. En redes sociales todos los días cuelgan mensajes pidiendo donativos para poder costear las deudas y los gastos.
Esta es parte de la realidad que enfrentan los refugios de animales en México. Lugares que hoy están en el centro de la conversación por el caso del Refugio Franciscano, de donde fueron desalojados más de 900 perros y gatos por presunto maltrato y llevados a otras zonas para su rehabilitación, de acuerdo con las autoridades de la CDMX .
El caso de los franciscanitos, el presunto maltrato que vivían y su futuro pusieron bajo los reflectores el cómo operan los refugios de animales, si son o no una opción, si hay maltrato, si deben regularse.
Alina González, abogada, especialista en derecho animal y fundadora de Rescatalandia, dice que los refugios están contemplados por la ley de bienestar animal de la ciudad de México. “Incluso se habla de que tiene que haber un registro y se tiene que inspeccionar las condiciones con las que cuentan. Pero no existe ni institución ni procedimiento que lleve a cabo eso que dice la ley. Es decir, los refugios han estado totalmente abandonados por parte del gobierno de la Ciudad de México”.
En efecto, la Ley de Bienestar Animal de la CDMX establece en su artículo 12 que se debe “implementar un registro de refugios y autorizar su funcionamiento, previo cumplimiento de los requisitos establecidos en esta Ley y su Reglamento”. El mismo artículo señala que se debe supervisar a los refugios. Esto no se ha hecho, hasta el caso del Franciscano.
N+ solicito una entrevista al gobierno de la CDMX para saber por qué no se ha cumplido con esta ley y por qué hasta ahora se está buscando regular a los refugios, pero hasta el cierre de esta nota no hubo respuesta.
En el resto del país, la situación de abandono institucional a los refugios es la misma.

Cuando parar
En el Refugio Franciscano había más de mil animales. En el recorrido que N+ hizo por seis albergues en la CDMX y el Estado de México, los más grandes no rebasan los 300, entre perros, gatos, cerdos, cabras y otros más.
Todos los encargados de estos refugios coinciden en que mil animales en un albergue son demasiados para tenerlos en buenas condiciones y que hay que saber cuando dejar de recibir, pero también coinciden en qué es difícil no aceptar más cuando en la calle o en casas están en pésimas condiciones. “Yo todos los días vivo en un dilema de qué hago, cómo dejarlos en la calle, pero también sé que no puedo saturar aquí”, dice Ana María Alarcón, fundadora de Adopta Mx.
Pero hay perritos que simplemente no puedes dejar, dice Samia, como en el caso de Jelly Toby, una pitbull que era víctima de abuso sexual. La misma familia de quien la abusaba le reportó a Samia el caso. No dudó en ir por ella, aunque la situación de su refugio es crítica.
La saturación de los refugios, coinciden los entrevistados, es responsabilidad de todos: las adopciones son pocas y el abandono es muy alto.
“Yo logró colocar hasta diez perros en adopción por mes, pero me abandonan en la puerta cinco o seis, más los rescates, entonces es difícil bajar el número”, dice Fabiola Ávila, directora del Refugio Buenos Chicos, ubicado en Jalisco.
Los entrevistados señalan además que es fácil dar en adopción a los cachorros o a los perritos de talla chica, pero nadie quiere adoptar a los perros de talla mediana o grande, menos si son cafés, atigrados o negros.
“Muchos de los perritos que tenemos aquí se van a quedar con nosotros, no son adoptables, porque la gente adopta por la apariencia, por el color, por el tamaño, y no piensan que a la mejor un perro grande es más tranquilo que uno pequeño o es más adecuado para el tipo de personalidad del adoptante”, dice Alan Ibáñez, coordinador del Refugio DogYuda, ubicado en Toluca, en el Estado de México.

También hay perritos de raza que por ciertas características no son adoptables. En el refugio Huellitas Limoneros, en Naucalpan, Estado de México, donde tiene en este momento 26 perros bajo su cuidado, está Pinto. A él lo usaban para peleas clandestinas, de sparring, pero le dio cáncer en una de sus patas, se llenó de bolas y entonces lo echaron a la calle. Renata Herrera, la directora de este albergue lo rescató. Le dieron tratamiento para el cáncer, pero tuvieron que amputarle su patita, así que difícilmente se adoptará.
“Tiene mucho en contra para lo que la gente quiere, es pitbull, es blanco con negro, tiene tres patas y no convive con otros perros, aunque con las personas es muy amoroso. Creemos que va a ser difícil que se adopte y entonces tendrá que vivir aquí, separado de los otros perros, pero en las mejores condiciones posibles”.
¿Enjaulados?
Ver a perros en jaulas hace cuestionarse si eso es darles una buena calidad de vida. Pero lo cierto es que los refugios no son lugares perfectos y necesitan separar a animales que son reactivos con otros.
En Adopta Mx, un refugio que tuvo que mudarse de Cuajimalpa, en la CDMX, a Huixquilucan, en el Estado de México, por quejas de los vecinos, su directora, Ana María Alarcón, está a favor de dejar a los animales lo más libres posibles, pero tiene varios separados para que no provoquen peleas con los demás.
En una jaula está una perrita que recién rescataron, se llama Marcela Cristina. Está lastimada y enojada, muy enojada. Un hombre le mató a sus bebés. Marcela Cristina es agresiva con los otros perros y también con las personas, así que por ahora está aislada. Ana tiene la esperanza de que con afecto, paciencia y entrenamiento su conducta mejorará, pero es un volado.
En otra jaula está otra perrita, Duna, Ana la rescató junto con sus bebés de un antirrábico. Los cachorros estaban en una condición tan crítica que solo uno sobrevivió. Duna también es de temperamento fuerte, hasta con su enamorado. Al pie de la jaula de ella, un husky, Dante, pasa las horas, aunque está libre se mueve poco de ahí. “La ama”, dice Ana.
El resto de los perros de Adopta Mx, poco menos de 200, conviven en un espacio amplio pero con piso de tierra. Los días de lluvia vuelven esto un lodazal. Y la tierra les provoca a algunos animales enfermedades respiratorias y de la piel, que Ana y su equipo se afanan en curar. Ana tiene además otros 100 perros en su casa y 15 gatos.
En el refugio, las peleas no faltan, entre los perros que están sueltos, aunque no son graves. “No es que se trencen, es que tienen desacuerdos y se enojan entre ellos, pero siempre están los cuidadores para regular eso”, dice Ana María.
Y es que sí, los refugios de perros no son del todo bonitos ni tan armónicos. La apariencia del lugar no es lo primero en lo que piensan quienes los dirigen. "Muchos podrán decir, por qué no le das una pintada a esa puerta, yo les digo, ¿por qué no me traes la pintura? Porque para mí lo primero es comprar las croquetas y la atención veterinaria", dice Samia, de Fundación Tobby.
Sobre las condiciones en las que puede encontrarse a los animales, Alina, de Rescatalandia, señala que “es importante aclarar que a los refugios llegan los perros que están en mal estado y que estos lugares tienen muchas carencias porque sobreviven a base de los recursos de quienes ponen el refugio y de donativos, que son casi siempre insuficientes”.
En el refugio para perritos de Texcoco, de la asociación Seres Libres, vive Lobita. A ella la explotaron en un criadero hasta que ya no les sirvió, entonces la tiraron como basura. La dejaron junto a un sillón viejo en la calle. Estaba llena de sarna y de tumores.
Hoy tiene todavía bolas que le cuelgan en sus patas. Camina lento. Parece que está en mal estado, pero Elizabeth Soto, una de las fundadoras de este refugio, explica que se está recuperando y cada día está mejor. Las bolas que le cuelgan no son tumores malignos y no comprometen su salud.

¿Quién paga por su bienestar?
Los gastos en los refugios son altos. Alan, de Dog Ayuda, dice que gastan unos 150 mil pesos al mes entre comida y gastos operativos, a eso hay que agregarle las emergencias veterinarias.
Ana María Alarcón, de Adopta Mx, hace las cuentas: “En comida yo creo que son como unos 170 mil pesos; más los sueldos del mes y, por ejemplo, un perro que rescatemos puede costar 20 mil pesos… hasta 30 mil pesos.”
Todos los refugios se mantienen de donaciones, algunos cuentan con el apoyo de empresas, otros como Huellitas Amor Sin Fronteras, que se ubica en el Estado de México, se sostienen solo con lo que les aporta una comunidad de donantes que dona mes a mes al ver el trabajo de este refugio, que se hizo famoso en fechas recientes por salvar a Cereza y su hijo, la perrita que resultó quemada en la explosión de la pipa de gas del Puente de la Concordia.
Pero las donaciones de esta comunidad no siempre alcanzan. Estos días, Huellitas Amor Sin Fronteras ha lanzado por redes un SOS. “Estamos en serios problemas. No juntamos para pagar las croquetas. Ya llevamos dos semanas de atraso y esta es la tercera. Ya no tenemos crédito. La renta este mes tampoco la hemos terminado de pagar. Tú puedes cooperar con lo que gustes. Hasta 10 pesos ayudan”, dice el mensaje que esta asociación ha colgado en Instagram.
Reunir el dinero para cubrir los gastos mensuales es un trabajo de 24X7 para todos estos lugares. Hay que recordarle su contribución a los donantes regulares, buscar más, pedir ayuda de emergencia en redes, lo que pasa con mucha frecuencia, y completar con otras actividades, como venta de productos o servicios.
En DogYuda, por ejemplo, están por abrir una clínica veterinaria para dar servicio a la comunidad con costos módicos pero que les permitan tener ingresos adicionales para el refugio. Samia, de Fundación Tobby, ha recurrido hasta a tener un Only Fans para costear los gastos de su albergue.
Hay otro costo que los rescatistas pagan. Ana María, de Adopta Mx, habla del impacto emocional que implica sostener un refugio. Dice que vive con ansiedad, duerme poco y toma antidepresivos. “Imagínate, dentro de dos días tengo que pagar 170 mil pesos de croquetas y me falta bastante y todo el tiempo tengo este dilema de meter más y saturar el albergue o dejarlos a su suerte”.
Alan, de DogYuda, dice que detrás de una fundación que ayuda a perritos seguro hay una persona que no puede dormir y está dedicada al albergue 24/7. “A mis 30 años soy hipertenso y me es muy difícil llevar una vida normal, salir con amigos, hacer otras cosas, sabiendo que hay tantos pequeñitos dependiendo de mi.”
¿Regulación?
El caso del Franciscano ha hecho que el gobierno de la CDMX asegure que al menos en la capital, habrá una regulación para estos lugares. Algo que no existe en ningún estado del país. Ni siquiera se les pide a los refugios requisito alguno para funcionar.
En México, explica Renata Herrera, de Huellitas Limoneros, “cualquiera puede tener un refugio. No existen visitas oficiales, requisitos claros y por supuesto, no hay apoyo gubernamental. Tampoco hay supervisión sanitaria”.
Los animalistas consultados dicen que ellos no se opondrían a que se les regule, pero con algunas salvedades. “Nosotros hemos pedido que se nos incluya en mesas de trabajo para hacer la regulación, queremos que se invite a discutir esto a quienes tienen experiencia y hacen un buen trabajo, pero hasta el momento no nos han invitado a participar”, dice Elizabeth Soto, de Seres Libres, que aunque tiene su refugio de perritos en Texcoco, tiene otro de caballos en el Ajusco, en CDMX.
También piden que así como se planea regular a los refugios, se trabaje en regular los criaderos clandestinos de perros, que se trabaje en sancionar el abandono y el maltrato animal y se promueva la esterilización de los animales. Y si se van a hacer inspecciones, dicen que estaría bien que las hiciera un comité formado por especialistas.
El gobierno, aseguran, no está en posición de hacer esto. “¿Cómo lo van a hacer? Si nosotros somos los que les realizamos las visitas de vigilancia a ellos, porque ellos tienen instancias donde los animales son maltratados, donde son abandonados, donde nunca salen de las jaulas, donde ni siquiera los alimentan”, dice Elizabeth. Y si va a haber supervisión, también piden que haya apoyo, reclaman los animalistas.
“Me parece bien que quieran regular, pero es injusto pensar en fiscalizar y castigar a quienes ha tratado de ayudar, aunque sea con una medida paliativa para un problema tan grave, sin antes ofrecer la ayuda y los recursos que se necesitan y sin antes tomar medidas para llevar a cabo políticas públicas que corten el problema del abandono, el maltrato y el negocio de los animales de fondo”, cierra Alina, de Rescatalandia.

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