A medida que avanza el calentamiento global, el hielo del permafrost en las zonas costeras del Ártico se derrite. El deshielo arroja miles de toneladas de carbono que podrían terminar en la atmósfera si los microorganismos correctos los convierten en gases de efecto invernadero. No obstante, un estudio ha descubierto que los microorganismos del océano Ártico prefieren el carbono fresco al que estuvo congelado millones de años. ¿Es una buena noticia en medio de la emergencia climática?
Gran parte del carbono orgánico liberado por el deshielo del permafrost se deposita en los sedimentos marinos.
El estudio arrojó que menos del 10 % del carbono orgánico del permafrost pleistoceno de origen terrestre se depositó en el fondo del mar.
Los investigadores del Instituto Alfred Wegener, del Centro Helmholtz para la Investigación Marina y Polar en Alemania, afirman que los microorganismos que podrían procesar este carbono y mandarlo a la atmósfera prefieren el carbono fresco al congelado.
¿A dónde va todo el carbono del Ártico que se libera en el deshielo?
Cada año, miles de millones de toneladas de permafrost se derriten por el avance del calentamiento global. En regiones costeras de Asia, Europa y Norteamérica que colindan con el océano Ártico, este deshielo libera grandes cantidades de carbono que ha permanecido congelado por millones de años.
Hasta ahora, no se conoce con precisión cuánto de este carbono orgánico se deposita en los sedimentos marinos y cuánto sigue siendo incierto en qué medida se remineraliza y se reincorpora al ciclo activo del carbono. No obstante, es claro que este carbono puede ser aprovechado por los microorganismos marinos y ser reconvertido en gases de efecto invernadero.
Para fortuna nuestra, parece ser que estos mismos microorganismos son “sibaritas exigentes” que desprecian el carbono congelado y optan por el fresco, de la misma forma en que los humanos preferimos los alimentos frescos a los que llevan meses en el congelador. Así lo ha descubierto un estudio del Instituto Alfred Wegener, que es parte del Centro Helmholtz para la Investigación Marina y Polar en Bremerhaven, Alemania.
Los investigadores liderados por el biogeoquímico Manuel Ruben analizaron el destino del carbono orgánico liberado del permafrost en los sedimentos costeros de Qikiqtaruk, Canadá. Para identificar el carbono que provenía del permafrost y aquel que llegó recientemente al mar, utilizaron un análisis de isótopos.
Recordemos que los átomos pueden venir en diferentes “modelos”, con un distinto número de neutrones en el núcleo. Esto permite que dos átomos puedan ser diferentes en peso y radiactividad pese a ser del mismo elemento, pues esta identidad la señala el número de protones.
A partir de estos isótopos, los científicos pudieron diferenciar el carbono que provenía de fuentes “frescas” y aquel que venía del deshielo. Para su sorpresa, este carbono es menospreciado por los microorganismos que podrían aprovecharlo y transformarlo en gases de efecto invernadero.
El gusto exquisito de los microorganismos que comen carbón
En el estudio publicado en Nature Geoscience se lee que gran parte de este carbono queda depositado en los sedimentos marinos. Apenas el 10% del carbono del deshielo es consumido por microorganismos:
“Estimamos que menos del 10% del carbono orgánico del permafrost pleistoceno de origen terrestre se respira tras su redeposición en los sedimentos marinos”.
Y añade: “Nuestros hallazgos indican que, a pesar de la acumulación sustancial de carbono orgánico del permafrost pleistoceno en los sedimentos marinos debido al deshielo del permafrost y a la erosión costera, gran parte de este permanece enterrado, lo que podría limitar su contribución inmediata al carbono atmosférico”.
Al respecto, Manuel Rubén explicó en un comunicado: “Aunque el mar arrastra enormes cantidades de carbono orgánico desde la costa, una proporción sorprendentemente pequeña acaba integrándose en el ciclo activo del carbono oceánico”.
La mayor parte de este carbono que estuvo atrapado por millones de años permanece en el sedimento marino, a pesar de que estos microorganismos podrían medrar a través de él. El hallazgo resulta en una inesperada buena noticia en medio de la emergencia ambiental por el cambio climático, pues indicaría que este deshielo, por el momento, no contribuye tanto como podría esperarse a la emisión de gases de efecto invernadero.
El gusto exquisito de los microorganismos resultó ser una ventaja a nuestro favor.