Entre el ruido de los pájaros que rodean las chinampas de Xochimilco, Aylin, una adolescente de 15 años, divide sus días entre las tareas del hogar, ayudar a sus papás en el negocio del invernadero y asistir a la escuela. Si le queda tiempo, también sueña con una vida diferente.
“Aquí se trabaja para tener lo que tú quieras. Aunque estudies, tienes que lavar tu ropa, recoger, ayudar. Es para enseñarle que no todo es gratis, que todo en esta vida cuesta”, enfatiza Liliana de la Cruz, madre de Aylin y originaria de Xochimilco. Ella, junto con su esposo, se ha dedicado al cultivo de flores y plantas, además de atender al turismo que llega a los canales.
Para Liliana, trabajar duro es fundamental no solo para solventar los gastos del día a día, sino también para apoyar a sus hijos. “Hay personas que aspiran a hacer más cosas. A salir del campo. El trabajo me ha ayudado bastante a darles lo que yo no tuve”.
De joven, Liliana soñaba con hacer una carrera militar, pero la falta de recursos en su casa y el embarazo de Aylin cambió sus planes. Hoy no se arrepiente de sus decisiones, aunque busca que sus hijos tengan las oportunidades que ella no tuvo y puedan elegir un camino distinto.
En sociología se le conoce como movilidad social al cambio en la condición socioeconómica de una persona, donde mejora sus ingresos, salud, educación y adquiere una mayor igualdad de oportunidades.
El Centro de Estudios Espinosa Yglesias, el cual se ha dedicado a estudiar la movilidad social en México, ha documentado cómo las condiciones en las que nace una persona y las oportunidades que tuvieron sus padres pueden influir en su futuro.
“La posibilidad de movilidad social está determinada por el grado de igualdad de oportunidades. Se supone que todos tenemos las mismas, pero la realidad es otra. Ser mujer, provenir de una comunidad indígena, no poder ir a la escuela y no tener acceso a una buena alimentación y salud, coloca a esa persona en desventaja. Incluso importa qué grado de escolaridad tienen tus padres”, mencionó Roberto Vélez Grajales, director ejecutivo del CEEY.
En sus reportes, han evidenciado que las personas cuyos padres cursaron únicamente la primaria, solo el nueve por ciento de sus hijos logran acceder a una carrera profesional. En cambio, quienes crecieron con padres que alcanzaron un mayor nivel educativo tienen siete veces más probabilidad de alcanzar estudios profesionales.
Sin embargo, en México, tener una carrera universitaria no siempre asegura un mejor futuro. El país es uno de los pocos donde los jóvenes con educación superior tienen una tasa de desempleo mayor que quienes no terminaron la preparatoria. Entre los factores está la alta informalidad, pocos empleos en los que se necesita una especialización y poca oferta de puestos profesionales.
Aun así, los estudios muestran que tener una carrera universitaria sigue siendo una buena decisión. En promedio, quienes tienen una educación superior ganan 56 por ciento más que quienes no concluyeron la preparatoria.
Desde hace algunos años, Aylin ha buscado su vocación. Le gusta el futbol y la gastronomía; además, ha participado en cortometrajes y le ha llamado la atención la actuación, pero gracias a una competencia de canotaje que vio en la televisión, encontró una meta a seguir.
La joven vio en el deporte una buena opción para cambiar su futuro, pero sería una inversión a mediano y largo plazo. Al poco tiempo le comentó a sus padres que quería tomar clases para aprender del deporte que ya estaban acostumbrados a observar en el canal, pero hacerlo significó más que comprar un kayak. Para su familia implicó pagar poco más de mil 200 pesos de clases al mes y darle 300 pesos diarios para cubrir pasajes y comida.
Por otro lado, también ha implicado viajar y dejar momentáneamente su hogar, su familia y sus costumbres. Con el tiempo, esto dejará de ser espontáneo para convertirse en su realidad.
Y es que el sitio donde una persona nace puede influir en las oportunidades y los privilegios a los que tendrá acceso frente a quienes crecen en otros contextos.
“Si la cigüeña te coloca en un estado del sur o en una colonia de la periferia, se abre una doble posibilidad de mantener una condición de pobreza comparado si naciste en estados del norte o en el corazón de una ciudad”, explicó Vélez Grajales.
Para Aylin, esta desigualdad es injusta. Incluso se pregunta por qué, para cumplir un sueño, casi siempre es necesario abandonar el lugar de origen. “Se siente feo y tal vez frustrante no tener los recursos o herramientas para poder tener una carrera”.
Desde el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, el gobierno federal destinó importantes recursos a programas sociales que buscaban apoyar a las familias mexicanas en sus necesidades básicas y reducir su vulnerabilidad económica.
Entre 2018 y 2024, la inversión reportada ascendió a 2.9 billones de pesos. Sin embargo, para Ricardo, quien ha estudiado la movilidad social durante años, estos esfuerzos no han sido suficientes para garantizar una mayor igualdad de oportunidades.
“Más allá de tener políticas activas para incrementar el salario mínimo, deberíamos tener un gobierno que piense y ejecute sistemas universales que emparejen las oportunidades de todas las y los mexicanos a nivel de educación y salud”.
Mientras el lugar de nacimiento siga definiendo el tamaño de las oportunidades, la posibilidad de una mejor vida seguirá siendo un privilegio y no una posibilidad para todos.