Vivieron 200 años en Silencio Absoluto: La Historia Oculta del Convento Prohibido
En lo alto de las montañas, cerca de la CDMX, entre el bosque y los muros de un antiguo monasterio, los carmelitas descalzos construyeron un refugio para el aislamiento
¿Qué pasaría si, al entrar a un convento, la primera regla fuera guardar silencio? No durante unas horas ni unos días, sino durante un año entero. En el antiguo monasterio del Desierto de los Leones, en la Ciudad de México, esta práctica formó parte de una disciplina religiosa para acercarlos a la vida espiritual.
Construido en 1606 por la orden de los Carmelitas Descalzos, este recinto se levantó en medio de las montañas de Cuajimalpa, lejos del bullicio de las poblaciones. Su ubicación no fue casualidad: mientras otras órdenes religiosas procuraban establecerse cerca de las ciudades para evangelizar, los carmelitas buscaban precisamente lo contrario, refugiarse en lugares apartados donde pudieran dedicarse a la oración, la contemplación y la penitencia.
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Desierto de los Leones: la Historia del Convento Donde Hablar Era Pecado
“Nos encontramos en un exmonasterio que perteneció a la orden del Carmen Descalzo, una orden religiosa que llega de España, pero no va a ser hasta 1606 cuando se construye este lugar místico, este santuario”, detalló a N+ Media la historiadora Marcela Peña López, quien guió el recorrido.
La orden, originaria de una tradición religiosa vinculada al Monte Carmelo, llegó a la Nueva España el 27 de septiembre de 1585. Su propósito era encontrar espacios remotos que favorecieran el recogimiento. Así nació este santuario, cuyo nombre encierra una historia distinta al paisaje boscoso.
Para los religiosos, la palabra “desierto” no necesariamente describía un terreno árido. Se refería a un sitio alejado de la sociedad, donde el aislamiento permitía practicar la penitencia. Según la historiadora, ellos creían que los sacrificios personales contribuían a combatir el mal y apoyar espiritualmente a la Iglesia.
“Con estas penitencias y estos sacrificios, se decía que ayudaban al mundo de allá afuera a combatir el mal, que estarían también ayudando a la iglesia a luchar esas batallas contra el demonio”, señaló.
Durante el recorrido, rodeado de bosque y oculto a kilómetros de la carretera más cercana.
La distribución del monasterio reflejaba esa separación. La hospedería recibía a visitantes y empleados, pero una vez atravesado el pasillo de clausura, comenzaba un territorio reservado a los religiosos. La capilla, las celdas y el llamado Jardín de los Secretos conformaban un mundo al que los externos no podían acceder libremente.
Dentro de esos muros, hablar era una excepción. Una figura de tamaño natural que colocaba un dedo sobre los labios recordaba a quienes ingresaban la importancia de guardar silencio. Las conversaciones estaban restringidas y solo se permitían una vez cada quince días, en un espacio apartado: el Jardín de los Secretos.
“Un religioso se quedaba en una esquina y el compañero a contraesquina, viendo hacia la pared. Entonces, no había contacto visual”, explicó la historiadora, quien añadió que solo se podían comunicar a través de las pechinas para que el eco de la habitación les permitiera
Con el paso de los siglos, los cimientos débiles, un incendio y los sismos deterioraron la construcción, lo que finalmente cobró factura al antiguo convento: “Lamentablemente, se tiene que demoler porque la estructura se dañó. Los carmelitas deciden demolerlo”, explicó Peña López.