Todas las civilizaciones con cierto desarrollo tecnológico han invertido en la observación del cielo. Desde China hasta la Alejandría griega, desde Babilonia hasta la civilización olmeca; todas consideraron una prioridad formar y financiar a personas dedicadas exclusivamente a la astronomía.
Lo que ha cambiado de forma radical es cómo miramos la noche. Galileo armaba pieza por pieza los telescopios de cartón y cobre que usó para descubrir “las orejas” de Saturno, como llamó a sus anillos. Los mayas construyeron un observatorio, El Caracol, cuyas ventanas se alineaban con Venus y otros cuerpos celestes.
Ahora en el siglo XXI, los ojos de la civilización son colocados a 150 millones de kilómetros, lejos de la atmósfera turbia del planeta, y dando la espalda al Sol. Tal es el caso del telescopio espacial Nancy Grace Roman.
Poco después de las 7 de la mañana, en Florida despegó el telescopio espacial que honra a la astrónoma y funcionaria de la NASA considerada como “la madre del telescopio Hubble”. Este observatorio espacial buscaría crear un atlas avanzado del cosmos, identificar la materia oscura y conocer la ubicación de posibles exoplanetas habitables.
El espejo primario del telescopio espacial tiene un diámetro de 2.4 metros, mucho más grande que las modestas lentes que usó Galileo en sus telescopios. La NASA calcula que invirtió más de 4 mil millones de dólares en la construcción de este artefacto, lo que equivale aproximadamente a 68 mil millones de pesos.
Esta máquina en extremo frágil y delicada ha sido enviada a bordo de un cohete Falcon9 de SpaceX a 40 mil kilómetros por hora. Esa es la velocidad necesaria para vencer la gravedad de la Tierra.
Para no destruir semejante tesoro durante el lanzamiento, la NASA construyó una cápsula especial, capaz de proteger al telescopio durante su violento viaje hacia el espacio. La cápsula protectora habrá de ser recuperada por la agencia espacial y reusada en futuros lanzamientos.
Como su hermano, el telescopio James Webb, el Nancy Grace Roman viajará hasta un punto de Lagrange, como se conoce a los sitios donde la gravedad de la Tierra y la del Sol se anulan mutuamente. Esto permite que un objeto permanezca fijo en el espacio, sin gastar mucho combustible para quedarse quieto.
Además, el telescopio espacial dará la espalada al Sol. Así, los rayos de nuestra estrella no interferirán con sus observaciones.
Cuando el telescopio espacial se despliegue en la meta, podrá observar miles de millones de galaxias y mapear el universo como no se había logrado previamente. Se anticipa que el Nancy Grace Roman busque exoplanetas con una precisión que ni siquiera el James Webb alcanza.
Para este propósito incluso será capaz de bloquear la luz de los soles donde orbiten potenciales planetas habitables.
Además, se espera que sus observaciones ayuden a dilucidar el misterio alrededor de la materia oscura. Así llaman los astrofísicos a la elusiva sustancia que hace girar los márgenes de las galaxias, aunque sea invisible a nuestros instrumentos.
Cabe señalar que el gobierno de Donald Trump buscó un recorte presupuestal que habría terminado con este telescopio espacial. El proyecto fue salvado gracias a la intervención de congresistas de ambos partidos, interesados en mantener la supremacía tecnológica de Estados Unidos en medio de una nueva carrera espacial, que ahora se libra no contra la URSS sino contra China.
Ahora, durante una conferencia posterior al lanzamiento, Donald Trump llamó a la NASA para felicitar al director Jared Isaacman y al resto del equipo que trabajó en el desarrollo y despegue del telescopio.