El estruendo de una puerta que se cierra, una patrulla que circula por la calle o una sirena a lo lejos pueden ser suficientes para desatar el miedo. En miles de hogares migrantes de Estados Unidos, estos sonidos dejaron de formar parte de la rutina para convertirse en señales de una posible amenaza: la llegada de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).
Para los migrantes indocumentados que viven en Estados Unidos, el temor a una redada o a la deportación no termina cuando cae la noche. Se instala en la vida diaria, modifica hábitos, limita movimientos y mantiene a familias enteras en alerta.
En entrevista con N+, la psicóloga Silvia Labardini Padilla, especialista en migrantes, exiliados y expatriados, advierte que este ambiente de incertidumbre tiene consecuencias profundas en la salud emocional de las personas, quienes pueden desarrollar ansiedad crónica, episodios de angustia y estados permanentes de alerta.
El miedo, explica, deja de ser una reacción ante una amenaza concreta y se convierte en una condición cotidiana.
"El miedo deja de ser algo que preocupa de forma temporal y pasa a ser una preocupación permanente. Las personas viven en estados de alerta e hipervigilancia constante, lo que genera ansiedad crónica, incertidumbre y una restricción drástica de la movilidad cotidiana mediante fenómenos como el síndrome de la cabaña”, señala en la conversación.
En algunos casos, el temor es tan intenso que las personas prefieren no salir de casa. Evitan acudir a centros comerciales, llevar a sus hijos a determinadas actividades o incluso buscar atención médica. La posibilidad de encontrarse con agentes migratorios termina condicionando decisiones que antes parecían sencillas.
Imágenes que han circulado por las redes sociales han dado cuenta de decenas de detenciones, separaciones familiares, incluso escenas dramáticas de abuso policial que han terminado con la vida de personas hispanas en Estados Unidos.
“Esto tiene consecuencias o impactos importantes en una persona porque restringe muchísimo. A veces, en la movilidad, se pueden dar fenómenos como el síndrome de la cabaña, donde no quiero salir. Tengo un poco de agorafobia, o, si tengo que salir, pues evidentemente lo hago con muchísimo temor”, dice Labardini Padilla.
A este encierro se suman noches de insomnio, irritabilidad, tristeza, enojo y una constante preocupación por el futuro. La nostalgia por el país de origen se mezcla con el miedo a perder la vida que han construido en Estados Unidos.
El daño colateral de una deportación: la familia
Pero el impacto de las políticas migratorias no termina en el momento en que una persona es detenida. Una deportación puede convertirse en una crisis que alcanza a todo el entorno familiar, incluso a quienes permanecen en Estados Unidos y a los parientes que viven en el país de origen.
La ausencia repentina de una madre, un padre o el principal proveedor económico altera la dinámica del hogar, destaca. Los hijos enfrentan el temor de quedarse solos, perder la estabilidad económica o no volver a ver a sus padres. Mientras tanto, quienes permanecen en el país deben reorganizar su vida en medio de la incertidumbre.
“La deportación de una persona, pues, siempre va a tener un efecto sistémico. Desde la corriente sistémica, pues claramente entendemos que la familia es fundamental, es una red de apoyo básica, la primaria, y que, cuando uno de los integrantes se ve amenazado, esto genera unos niveles de angustia muy altos”, señala.
De acuerdo con Labardini, estas experiencias pueden dejar secuelas emocionales importantes, entre ellas depresión, insomnio, tristeza profunda, sentimientos de culpa y pérdida del sentido de pertenencia.
La deportación también representa un duelo por lo que se deja atrás: el trabajo, la casa, las amistades y, sobre todo, el proyecto de vida construido durante años.
El impacto puede ser todavía mayor cuando una persona es enviada a un tercer país del que no es originaria. En estos casos, la ruptura con su entorno se suma a la incertidumbre de llegar a un lugar desconocido, lo que profundiza el daño emocional.
Elecciones despiertan la esperanza pero no disipan el miedo
En medio del panorama político y los recientes resultados de las elecciones intermedias en Estados Unidos, han despertado expectativas entre las comunidades migrantes. El avance electoral demócrata y la posibilidad de modificar los equilibrios legislativos en Washington son vistos por algunas familias como una oportunidad para frenar las políticas más restrictivas y abrir espacio a medidas de protección.
Para quienes han vivido bajo la amenaza constante de ICE, cualquier señal de un cambio político puede representar un respiro. Sin embargo, la esperanza convive con una realidad menos alentadora: los resultados electorales no modifican automáticamente las leyes migratorias ni detienen las operaciones de las autoridades.
“Genera mucha esperanza, por un lado, muchas expectativas. Pero sí creo que también genera mucha incertidumbre porque, por un lado, puedo mantener la esperanza de que los nuevos gobernadores dirigentes, puedan modificar esto que a los votantes les pueda convenir. Sin embargo, está la de la ansiedad de la incertidumbre de que no, pues que no se alineen esas nuevas políticas o se retrasen”, destaca.
Esta contradicción coloca a los migrantes en una situación emocional particularmente difícil. Por un lado, existe la ilusión de que las nuevas condiciones políticas permitan mejorar su situación; por otro, persiste el temor de que una redada ocurra antes de que esos cambios se materialicen.
Así, mientras en Washington se discuten mayorías, iniciativas y posibles reformas, miles de familias siguen organizando sus días alrededor de una pregunta.
Para la psicoterapeuta Silvia Labardini, la incertidumbre no desaparece con un resultado electoral ni con un discurso político. Para quienes viven bajo la amenaza de la deportación, la verdadera esperanza no está solamente en un cambio de gobierno o de mayoría legislativa, sino en recuperar algo que el miedo les ha arrebatado: la tranquilidad de salir de casa, trabajar, llevar a sus hijos a la escuela y regresar por la noche sin temor a no volver a encontrarlos.
TLS