Hay preguntas que no se contestan con la cabeza. A Esmeralda Pimentel le llegó una casi al final de la entrevista, cuando la plática sobre Hombre al agua se desvió hacia su propia historia.
Nació en Nueva York, en el Bronx, y creció en Jalisco, es hija de un padre dominicano que tuvo que migrar para poder alimentar a su familia, y una madre mexicana. ¿Qué le movía todo eso al hacer una película que habla de identidad y pertenencia? Antes de responder, avisó: "Ay, me dieron muchas ganas de llorar".
Pero para llegar ahí hubo que pasar primero por Venecia.
Pimentel habla del festival como quien todavía trae la arena del Lido en los zapatos. Lo recuerda como el más antiguo del mundo, el lugar donde le tocó presentar una película mexicana que describe como inteligente, conmovedora y, sobre todo, graciosa.
Mientras caminaba por la alfombra roja al lado de gente que siempre admiró, había una voz que no dejaba de repetirle lo mismo: "Estate aquí presente, que esto no se te olvide. Observa bien para que no se te olvide".
Jorge Salinas eligió otra palabra para lo que vivió: gratitud.
Para él, lo valioso de Venecia es que ahí llegan películas de todo el mundo que tienen algo que decir, historias que funcionan como reflejo, y formar parte de ese espacio "es una oportunidad que no puedes dejar de agradecer".
Luego lo dijo con una honestidad que no suele escucharse en boca de un actor con su trayectoria: "La oportunidad de estar bajo las órdenes de Gael García Bernal me ubica muy bien en mi realidad. Y con ganas de aprender más".
En Hombre al agua, Salinas interpreta a Abel, empresario que es rescatado del mar por Camilo, un socorrista cubano al que interpreta el propio García Bernal, y a quien después lleva a México para meterlo en una vida que parece un regalo y resulta ser una trampa.
Le pregunto qué dice la película sobre el poder y las apariencias de las clases altas.
"Según mi punto de vista, no es un mensaje, es una impresión. No es una crítica. Esto es: 'te muestro lo que estamos viviendo'", explica Salinas.
Y lo que estamos viviendo, dice, "no es exclusivo de México; pasa en toda América Latina y también en el vecino de aquel lado". Habla de una gentrificación fuerte, de personas que migran hacia nuestro país y de lo que él percibe como una política que apoya al extranjero pero descuida al nacional.
Por eso insiste en que la película debería provocar algo: "Veamos esta película y veamos en qué nos reflejamos en ella. No solamente es política, es una conducta absolutamente humana la que debemos tener en cuenta".
Abel representa al poder, Juana es su hija, la mujer con la que Camilo termina casado dentro de ese mundo de mansiones y fábricas. La película juega entre la sátira, el drama y lo surreal, y el riesgo con un personaje así es evidente: pasarse de caricatura o quedarse corta. Pimentel no se preocupó por ninguna de las dos cosas.
"En ningún momento te puede pasar por la cabeza intentar ser graciosa. Lo que es gracioso es la situación", dice.
Esmeralda cuenta que tenía a su favor un texto que ella misma califica de "poderosísimo" y un personaje muy bien delineado, además de unas claves muy precisas que le dio García Bernal: el acento yuca-fresa, la maternidad y, por si faltaba algo, que Juana es saltadora de garrocha. Con todo eso en la mano, la intención fue explorar.
"No sentí que estaba tratando de ser graciosa ni que estaba buscando un tono. Simplemente me estaba sumando a una colaboración", cuenta Pimentel.
Y entonces llegó la pregunta de la identidad.
Me disculpo por la pregunta, pero Esmeralda me frena: "No, al contrario. Es hermoso".
"Siento que aun cuando yo me vine muy chiquita a México y le debo demasiado a este país y lo amo profundamente, siempre hay una sensación como de casa, pero como que no eres de aquí, pero sí eres de aquí", señala Pimentel.
"Mi padre emigró muy chiquito, a los siete años, a Estados Unidos desde República Dominicana, para poder trabajar, para poder mandarle dinero a mi abuelita y a sus hermanos más chiquitos. Y, volviendo a la película, me encanta que Gael se haya centrado en esta identidad latinoamericana", puntualizó Esmeralda.
"Creo que si algo nos identifica es que somos seres sumamente resilientes. Hemos pasado por un montón de dolores, estamos atravesados por crisis, por dolores, por traiciones constantemente y siempre sabemos salir avante, siempre sabemos apoyarnos unos a otros, aún cuando, cuando parece que no, que somos indiferentes ante muchas cosas. La verdad es que siempre nos estamos tendiendo la mano, somos súper chidos".
Salinas le aseguró que había respondido perfecto, y añadió su propia lectura, menos luminosa: "Sí, somos así, volvemos a creer, la fe siempre nos acompaña", y Salinas considera que eso no es tan bueno.
Pero entonces, ¿qué hacer con eso? Salinas no quiso dar recetas. "Yo no soy nadie para decirte qué es lo que hay que hacer", respondió. Lo que sí puede hacer, dijo, está en casa: "Lo que yo puedo hacer es educar a mis hijos con bondad, con amor y sobre todo con autoestima, con respeto al ser humano. Nunca aprovecharte de la desgracia de alguien más para sacar un bien personal propio".
También habló de la responsabilidad individual con una imagen conocida pero que en su voz sonó a convicción: "La salida es aprender a pescar, no que te den el pescado". Lo suyo, concluyó, es ser más cívico, tener más empatía y dejar a un poco a un lado la soberbia y las ganas de sobresalir.
La entrevista terminó como terminan pocas: "Déjame darte un abrazo", dijo Esmeralda Pimentel antes de despedirse. El mejor cierre ante todo lo que se había dicho antes.
Hombre al agua llega a los cines de México este 24 de septiembre.