Tamaulipas se encuentra en la ruta de los ciclones por su ubicación frente al golfo de México. Sin embargo, aunque durante la temporada de huracanes son frecuentes los avisos sobre estos fenómenos, un impacto directo en las costas del estado no ocurre cada año.
Han pasado 13 años desde la última vez que un huracán tocó tierra en territorio tamaulipeco. Fue el 16 de septiembre de 2013, cuando Ingrid, que había alcanzado la categoría 1, se debilitó a tormenta tropical antes de tocar tierra alrededor de las 7:00 de la mañana en La Pesca, Soto la Marina. Al momento del impacto registraba vientos de hasta 100 kilómetros por hora y rachas de 120 kilómetros por hora.
El huracán provocó el desbordamiento de ríos principales como el Purificación, Corona y Guayalejo, dejando a cientos de comunidades incomunicadas y severos cortes en carreteras como la Victoria-Soto la Marina.
En los días posteriores al impacto, Protección Civil reportó que 310 comunidades habían resultado afectadas y 233 permanecían incomunicadas, mientras miles de personas fueron evacuadas y trasladadas a albergues.
Entre los municipios más afectados estaban Soto la Marina, Aldama, Abasolo, Casas, Padilla, Güémez, Jaumave, Ocampo y El Mante, además de la capital, Ciudad Victoria, y la zona conurbada. El desastre obligó a la evacuación de miles de personas y al despliegue de operativos de rescate por parte de las fuerzas armadas.
Antes de Ingrid, otro ciclón registrado fue Alex, que tocó tierra a finales de junio de 2010. También ingresó por Soto la Marina, pero con mayor fuerza al alcanzar la categoría 2 y vientos de 165 km/h. Sus efectos impactaron a más de la mitad del estado y causaron crecidas extraordinarias en los ríos del noreste del país.
La costa de Tamaulipas también ha recibido el impacto directo de otros fenómenos en las últimas décadas, entre ellos Erika (2003), Emily (2005) y Dolly (2008).
Fenómenos más recientes, como la tormenta tropical Alberto en junio de 2024, mostró que lluvias intensas e inundaciones severas pueden presentarse aun sin necesidad de que un ciclón alcance la categoría de huracán.
Este panorama de baja actividad ciclónica vuelve a ser relevante este año.
La presencia del fenómeno meteorológico de El Niño ha generado fuertes corrientes de aire en las capas altas de la atmósfera sobre el Golfo de México y el Atlántico, las cuales actúan como una barrera natural que frena la formación de nubes y destruye la estructura de los ciclones antes de que cobren fuerza. Como consecuencia, la temporada se ha mantenido inusualmente tranquila, prolongando el periodo sin impactos de gran magnitud en las costas tamaulipecas.