Dentro de 5 mil millones de años, el Sol agotará su combustible y se hinchará hasta engullir los planetas cercanos a él. Ahora, el telescopio espacial James Webb ha estudiado una enana blanca a ochenta años luz que parece un atisbo de cómo se verá nuestro sistema solar una vez que muera nuestra estrella.
Al morir, el Sol comenzará a expandirse hasta convertirse en una gigante roja.
Después de consumir su combustible restante, se convertirá en una enana blanca.
La estrella WD 1856 ofrece un vistazo al posible futuro del sistema solar dentro de 6 mil millones de años.
¿Hay vida después de la muerte del Sol?
Como todas las estrellas, el Sol es una gran bola de gas que sobrevive por un frágil equilibrio: su enorme masa genera una fuerza de gravedad que busca contraerla. Al mismo tiempo, la fusión de hidrógeno en helio produce una fuerza que empuja en sentido contrario.
Este sistema ha funcionado a la perfección por 4 mil 600 millones de años. Pero su combustible no es eterno.
A medida que consuma la mayor parte de su hidrógeno, el Sol no tendrá más remedio que comenzar a fusionar el helio. Esta reacción dará como resultado la aparición de elementos más pesados, como el carbono.
Para ese entonces, el equilibrio de nuestra estrella se romperá. Sus capas exteriores habrán de enfriarse y expandirse. En el camino, engullirán Mercurio, Venus, la Tierra y, acaso, Marte.
Una vez que agote el resto de este combustible, el Sol se contraerá hasta convertirse en una enana blanca. Esta clase de estrellas son objetos pesados, con una alta temperatura. Por supuesto, para cuando muera el Sol, la vida en la Tierra llevará mucho tiempo extinta.
Aproximadamente, cada 100 años la temperatura del Sol se incrementa en un 1%. Esto significa que mucho antes de que se convierta en una enana roja, el agua de la Tierra ya habrá desaparecido.
WD 1856 b: Así podría verse el sistema solar después de que muera el Sol
Pero este no sería el fin del sistema solar. Es cierto que la Tierra tiene muy pocas posibilidades de sobrevivir a la expansión del Sol cuando se convierta en una gigante roja. No obstante, otros planetas de la parte exterior del sistema solar sí que podrían mantenerse en sus asientos durante la debacle.
El telescopio espacial James Webb ha encontrado una prueba de cómo podría ser “esa vida después de la muerte”. A 80 años luz de nosotros se ubica WD 1856, una enana blanca. Esta estrella muerta es orbitada, a su vez, por el planeta WD 1856 b, un gigante gaseoso que habría sido el sobreviviente del agotamiento del astro.
Una peculiaridad de WD 1856 b es que se mantiene en una órbita muy estrecha. A pesar del reducido tamaño de su estrella, este planeta tiene una órbita apenas más grande que la de la Tierra.
Es altamente improbable que haya podido mantener una órbita de este tipo cuando su estrella tenía un tamaño regular. Por ello, los científicos creen que el planeta no es más que el planeta que sobrevivió al colapso de su estrella.
Para los científicos de la Universidad de St Andrews en Escocia, responsables del estudio publicado en Nature, este caso es un anticipo de cómo se verá nuestro sistema solar en 6 mil millones de años. Al respecto, Ryan MacDonald, líder del equipo, declaró en un comunicado:
“Estamos acostumbrados a observar el pasado con telescopios, pero esta es la primera vez que hemos podido vislumbrar lo que podría suceder con los planetas exteriores alrededor del remanente de una estrella similar al Sol; es como usar una máquina del tiempo para asomarnos al futuro lejano de nuestro sistema solar”.
Para el equipo responsable de estas observaciones, el James Webb ha demostrado que un sistema solar aún puede tener actividad aún después de la muerte:
“Nuestros resultados demuestran que la muerte estelar no es el final: algunos planetas experimentan un futuro vibrante y lleno de vida tras la muerte de su estrella”.