En México, miles de familias destinan dinero adicional a la educación de sus hijos ante dificultades de aprendizaje o porque consideran insuficientes los contenidos recibidos en las aulas. El fenómeno también se vive en la alcaldía Álvaro Obregón, Ciudad de México (CDMX), donde Mateo, un estudiante de 16 años, recurrió a cursos adicionales que costaron alrededor de 5 mil pesos para reforzar sus conocimientos y prepararse para continuar sus estudios.
El problema alcanza a una parte importante de los alumnos de educación media superior. De acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), se estima que 15% de los estudiantes de este nivel educativo toma asesorías o clases adicionales a las que recibe en las aulas.
Esta práctica puede presentarse cuando los jóvenes enfrentan dificultades de aprendizaje, pero también cuando ellos o sus familias consideran que los contenidos escolares no son suficientes para cumplir sus objetivos académicos. Para los hogares con menores ingresos, pagar por este apoyo puede representar un esfuerzo considerable.
El doctor Javier Rodríguez, investigador del Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), Unidad Iztapalapa, explica lo que significa para una familia destinar parte de sus recursos a combatir el rezago educativo de sus hijos.
“¿Qué pasa cuando alguien en esa circunstancia difícil o de plano de estrechez económica decide aportar un recurso para tratar de que el rezago educativo de su hijo o hija no sea tan grave? Está haciendo un esfuerzo superlativo”.
Carlos es padre soltero de Mateo, quien tiene 16 años y actualmente cursa el tercer año de preparatoria. Desde que su hijo era pequeño, asegura que ha tenido que solventar todos sus gastos, incluida su educación.
Durante su trayectoria académica, Mateo recurrió a cursos adicionales porque tanto él como su padre consideraban que los conocimientos adquiridos en la escuela no serían suficientes para enfrentar el proceso de ingreso al siguiente nivel educativo. Las clases representaron un desembolso de alrededor de 5 mil pesos, al que se sumaron otros gastos, como los traslados necesarios para asistir al curso.
Carlos recuerda que cubrir este apoyo académico significó aumentar los gastos de un hogar que ya enfrentaba presiones económicas.
“Pues creo que está mal, porque de por sí ahorita ya no se vive, ya se sobrevive, entonces ya no hay dinero que te alcance hoy en día, y todavía cubrir estos gastos extras. Pues sí, me implicó que tuve más gastos, porque pues le tenía que dejar sus pasajes para que pudiera ir al curso y regresar”.
La experiencia de Mateo no se limitó a pagar cursos. El joven asegura que también tuvo que buscar otras herramientas para resolver ejercicios que le dejaban cuando estudiaba la secundaria en la alcaldía Álvaro Obregón, Ciudad de México.
Según relata, en algunas ocasiones recibía explicaciones básicas y posteriormente se encontraba con ejercicios que no sabía cómo resolver. Ante esa dificultad, recurrió incluso a herramientas de inteligencia artificial como ChatGPT para completar algunas actividades.
Mateo Villa, estudiante de preparatoria, explica cómo era esta dinámica durante sus clases.
“Ah, sí. Los profesores, como conté, nada más llegaban y dejaban tu trabajo y la tarea. Entonces te explicaban como que medio lo básico. Pero había ejercicios que ponían que no sabían ni cómo hacerlo. Entonces tenía que recurrir a ChatGPT para hacerlo”.
El caso de Mateo ocurre en un contexto más amplio de rezago educativo que afecta a millones de niñas, niños y adolescentes en el país. De acuerdo con la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM), en 2024 había 3.4 millones de niñas, niños y adolescentes que no contaban con el nivel de educación obligatoria correspondiente a su edad.
Para los propios estudiantes, las dificultades académicas pueden tener consecuencias que van más allá de obtener una calificación baja. Mateo asegura haber visto a jóvenes de su entorno abandonar sus estudios después de enfrentar problemas con materias o dejar de asistir regularmente a clases.
El estudiante relata lo que ha observado entre algunos de sus amigos.
“Yo tengo amigos que dejaron de estudiar simplemente porque no pasaron una materia, no entraban a sus clases. No saben cómo mantenerse cuando están en la escuela. Y yo tengo buenos amigos, pero ya se están descarrilando por lo mismo”.
Buscar ayuda fuera de las aulas también implica un gasto que no todos los hogares pueden asumir. La Procuraduría Federal del Consumidor (PROFECO) calcula que las clases o cursos de regularización más económicos pueden costar entre 280 y 2 mil pesos, dependiendo de las características del servicio.
Estos desembolsos pueden aparecer en distintas etapas de la formación académica. Conforme los estudiantes avanzan, también aumentan las exigencias para aprobar materias, presentar exámenes de admisión o conseguir un lugar en instituciones de educación media superior y superior.
En hogares con recursos limitados, la necesidad de pagar clases adicionales puede convertirse en una presión económica extra, especialmente cuando al costo de las asesorías se agregan transporte, materiales y otros gastos asociados con la educación.
Mateo ya piensa en la siguiente etapa. Después de haber recurrido a cursos y herramientas adicionales durante sus estudios, sabe que el ingreso a la universidad podría exigirle nuevamente una preparación adicional.
El joven reconoce que no da por hecho conseguir un lugar y anticipa que tendrá que aumentar su esfuerzo cuando llegue el momento de presentar un examen de admisión.
“Pero ojalá yo sí pueda en el futuro. No estoy confiado, pero estoy prevenido de que voy a tener que echar el doble para cuando tenga que hacer mi examen a la admisión a la universidad”.
Para familias como la de Carlos y Mateo, continuar estudiando no solo significa enfrentar los retos académicos de cada nivel. También puede implicar encontrar recursos adicionales para pagar cursos, transporte y herramientas que permitan reforzar aquello que los estudiantes necesitan para seguir avanzando.
Con información de Natalia Begné.