En medio del semidesierto zacatecano, escarbar la tierra no es una opción. Frente a la negativa e ineficiencia de los gobiernos estatal y federal de buscar los cuerpos de personas desaparecidas, abandonados clandestinamente en lugares inhóspitos y muchos de ellos peligrosos, un grupo de personas, sobre todo mujeres, crearon el primer grupo de búsqueda forense independiente en este estado: Las Escarabajo.
El colectivo nació el 23 de abril de 2025, en él participan unas 20 personas, entre familiares de víctimas de desaparición, académicos y periodistas. En poco más de un año, han rescatado más de 40 cuerpos en decenas de fosas clandestinas, la mayoría ubicadas en los municipios de Jerez, Tepetongo, Fresnillo, Valparaíso, Villa de Cos, Villanueva y Mazapil, al norte del estado, en la frontera con Durango.
Su nombre no fue elegido al azar: algunas variantes de escarabajos pueden convertirse en una pista durante una búsqueda. Ciertas especies aparecen alrededor de materia orgánica en descomposición. No son, por sí solos, una señal inequívoca de una fosa clandestina, pero en medio de una búsqueda cualquier indicio puede importar.
“Nació la necesidad de buscar, teníamos algunos puntos de búsqueda y siempre nos frenaba la autoridad, decían que no había quién autorizara estas búsquedas. Entonces un día desperté y les dije: ¿Qué les parece si hacemos otro grupo? ¿Qué les parece si nos empezamos a organizar para hacer búsquedas independientes?”, cuenta Elizabeth Araiza, coordinadora del Colectivo Escarabajo y representante del grupo Buscadoras Zacatecas A.C.
Araiza, una mujer en sus treinta, busca a su hermano José Nicanor, desaparecido el 30 de septiembre de 2018. Lo busca a él, pero —lo repite— también a otras y otros.
Paola Lares, que busca a su hermano Luis Alberto, desaparecido en ese estado el 3 de mayo de 2023, lleva las bitácoras de las búsquedas que han hecho en un abultado cuaderno rojo. Es la encargada de los asuntos administrativos del colectivo. Dice que para buscar han tenido que aprender oficios que nunca imaginaron.
“Hacemos un poco de todo. Tuvimos que aprender un poquito de derecho, de geografía, de anatomía, de administración. De todo hemos aprendido aquí”, dice con resignación, pero también con orgullo.
No es una tarea sencilla, tampoco una que se elige por gusto. En Zacatecas hay al menos 3 mil 914 personas desaparecidas, de acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO). En 2022, la entidad registró el mayor crecimiento de la problemática en el país. Aunque los reportes de desaparición no han dejado de presentarse, muchas familias optan por no denunciar: temen a las represalias. En medio de todo, el gobernador morenista, David Monreal, ha evitado reunirse con los distintos colectivos de búsqueda que existen en el estado.
La Búsqueda
En el lugar no se escucha más que el ruido de un viejo molino de agua. Es un rancho olvidado en la sierra del municipio de Jerez, Zacatecas. Allí, el colectivo ya localizó cuatro fosas clandestinas, ocultas entre matorrales y espinas. De ellas, recuperaron los cuerpos de siete víctimas.
La búsqueda comenzó a las siete de la mañana de un domingo de finales de julio. Esposas, madres y hermanas de personas desaparecidas llegaron a una casa a medio construir que utilizan como oficina. Algunas viajaron en camión desde otros municipios. Allí prepararon palas, picos, varillas y cruces de madera; guardaron comida y sueros, se untaron bloqueador solar y emprendieron el camino.
Según un informante anónimo, un grupo del crimen organizado mantuvo secuestrados en ese lugar a varios hombres, presuntamente para ser reclutados. Algunos, que fueron asesinados, terminaron en esas fosas escondidas entre los cerros.
“Siempre tratamos de hacer un círculo y ahí es cuando le ofrecemos a mi padre Dios nuestro trabajo, nuestra ayuda. Cuando encontramos a alguien también rezamos por su eterno descanso. No nos importa quiénes son. Al final todos somos hijos de Dios, ¿no?”, dice Patricia Reveles, que busca a su único hijo, Gerardo Cabrera, desaparecido el 30 de agosto de 2022 mientras conducía por la carretera Aguascalientes-Zacatecas.
Alfonso Saldívar es hermano de los gemelos Víctor Manuel y Marco Antonio, de 31 años, desaparecidos en julio de 2025, presuntamente, por la policía municipal de Colotlán, Jalisco, frontera con el sur de Zacatecas. Rompe las matas llenas de espinas con facilidad, encuentra un lugar que podría ser una fosa, introduce una varilla. La huele. No está muy seguro, pero empieza a cavar. Tiene adiestramiento para trabajar en zonas de desastre, por eso el esfuerzo físico de la búsqueda no le cuesta, pero el emocional, sí.
“Yo los cuidaba mucho y me interesa ayudar. Me gustaría estudiar ciencias forenses para aportar más, centrarme bien. Para mi mamá ha sido muy difícil, se avejentó mucho después de la desaparición de mis hermanos”.
Al terminar la búsqueda, comparten la comida. En esta ocasión no hubo ‘positivos’, como le llaman a cuando registran algún hallazgo. Al rancho regresarán dos veces más. Lo harán acompañadas por colectivos de búsqueda de otros estados que les han brindado capacitación y apoyo para realizar una tarea que, en realidad, corresponde al Estado.
Del Duelo a la restitución
“Simplemente el ir sacando la tierrita es una desesperación porque no sabes si vas a encontrar a tu familiar. Es difícil ver cómo dejan a las personas. Nadie se mete en esto hasta que te pasa, el amor que le tienes a la persona te hace llegar hasta este lugar. Cuando encontramos a alguien se siente impotencia y he llorado mucho, pero pasa un ratito y también es bonito porque si no fue mi hermano, a lo mejor fue el de alguien más”, dice Avilene Sánchez, una de las más jóvenes del colectivo. Tiene 24 años y busca a su hermano, Jonathan Eduardo, desaparecido el 21 de julio de 2024, entonces tenía 20 años.
Ninguna imaginó estar en esa situación. Pese al dolor que acompaña cada hallazgo, el colectivo ha convertido el duelo en una labor de restitución.
“Es una sensación de desesperación y de incertidumbre de cómo lo van a tomar las autoridades, cómo les vamos a avisar que ya encontramos, si van a venir o no. Luego va evolucionando el sentimiento a una satisfacción inexplicable de que encontramos a alguien y que hay la posibilidad de regresarle su identidad y que pueda volver con su familia”, explica Elizabeth Araiza.
En El Caquixtle, una pequeña comunidad rural del municipio de Tepetongo, registraron el mayor hallazgo hasta ahora: 11 cuerpos, algunos con huellas de tortura, otros cuyos restos estaban desperdigados por la zona. Junto con Jerez, Tepetongo ha sido escenario clave de las disputas entre grupos criminales por el control del territorio. La zona colinda con Jalisco y constituye una de las puertas de entrada a la Sierra Madre Occidental.
“No me puedo quitar de mi pensamiento que había un cráneo en un árbol. Lo tengo bien grabado. Y nos pasó algo muy raro: pasamos por una zona y estaba una rama, y la rama me pega así en la frente, yo rápido me muevo de lugar y voy y le comento a una compañera, y me dice que a ella también le pegó la misma rama. A pocos metros de ahí encontramos restos”, narra Patricia Reveles, con los ojos bien abiertos.
Han encontrado restos humanos en maletas, o cuerpos de personas que aún mantienen rasgos físicos. La crueldad, coinciden todas, nunca se termina de digerir.
“Mi mente se proyecta, aunque no quiera, al sufrimiento, al dolor de quienes están ahí y eso me llena de tristeza, de coraje, de impotencia. Son muchos sentimientos los que se viven en ese momento. Después de la búsqueda hay que tranquilizarse, son experiencias muy fuertes que nadie está preparado”, dice Rosa María Rodríguez, una ama de casa que el 24 de febrero de 2023 se escondió en un armario cuando hombres armados entraron a su casa, en el municipio de Fresnillo, y se llevaron a su esposo, Antonio Bernal Orozco.
“Se me hace un nudo en la garganta, empiezo a llorar porque me acuerdo de mi hermano. Es muy duro. No tengo palabras. No nos esperábamos nadie esto. Es algo que se queda contigo. No se nos olvida ni de día ni de noche”, lamenta María Silvia de Casas, que busca a su hermano José Mario, desaparecido el 21 de enero de 2023.
La colectividad, dicen las integrantes del grupo, ayuda a aliviar la carga. A las más nuevas, las acompañan las que ya tienen algo más de experiencia. María Silvia, por ejemplo, dice que estar con las demás le ayuda a sentirse menos abrumada, menos triste. Para Rosa María Rodríguez es, en medio de la tragedia, como tener una segunda familia. En su primera búsqueda, Avilene Sánchez sufrió una crisis nerviosa, sus compañeras la ayudaron a recuperar algo de calma. A Patricia Reveles salir a buscar con las demás, la hace sentir menos sola.
En las primeras búsquedas contaron con el resguardo de la Guardia Nacional, pero después, sin explicación alguna, les retiraron la protección. Ante el riesgo de internarse en zonas disputadas por grupos criminales, el miedo se ha convertido en un acompañante constante. Cada nueva búsqueda, dicen, es como dar un paso adelante.
“No se quita. Lo que te da es empoderamiento y visión. Tenemos que pensar con cabeza fría porque donde hay uno, hay más”, dice Paola Lares.