La Santa Muerte no está escondida, tiene domicilio, recibe visitas y, para muchos, es la única que los escucha cuando nadie más lo hace. Entre controversia y fe, sus altares ya son parte del paisaje de la frontera.
A diferencia de las imágenes de San Judas Tadeo o la Virgen de Guadalupe que suelen verse dentro de casa e iglesias, los altares a la Santa Muerte han salido a las calles. En camellones y banquetas de colonias y fraccionamientos, vecinos y devotos han levantado pequeñas capillas donde dejan veladoras, flores, dulces, cadenas, collares y hasta billetes como ofrendas.
Los santuarios varían; algunos son pequeños, sencillos con puertas de cristal, otros son de estructura más sólida, con asientos y cubiertos para protección, aunque algunos ya presentan daños. Basta recorrer las avenidas para encontrarse con estos altares.
El culto no es reconocido por la Iglesia católica; sin embargo, para los devotos, es una intermediaria que protege de la muerte violenta, concede favores en amor, dinero, salud y trabajo, por lo que consideran que está del lado de los olvidados.
México Concentra Gran Parte de Devotos en el Mundo
Aunque no existe un censo oficial, el investigador Andrew Chesnut estima que la Santa Muerte reúne a unos 12 millones de devotos, de los cuales el 80 por ciento se encuentra en México, considerado como el nuevo movimiento de más rápido crecimiento.
La devoción fue creciendo, que hace unos años en Matamoros se abrió un templo en honor a la Santa Muerte como una promesa cumplida, por los años de fe hacia ella.
Sus imágenes y accesorios se venden abiertamente en hierberías y mercados populares, junto con amuletos, veladores y oraciones. Aunque se ha ligado el culto a temas delictivos, antropólogos y devotos subrayan que participan personas de toda clase social, pidiéndoles por enfermos, presos, trabajo, protección en carreteras y contra la violencia.
Mientras los altares a San Judas y la Virgen de Guadalupe permanecen dentro de templos y muy pocos afuera, los de la Santa Muerte se asoman a las calles, reflejando una fe que, juzgada o no, ya es parte del paisaje urbano.