¿Un rayo puede provocar un sismo? Eso es lo que se preguntaron los habitantes de la CDMX ante un rayo que retumbó en varias alcaldías de la capital. Aquí la respuesta.
¿Qué pasó en el cielo de la Ciudad de México?
El pasado 19 de junio, a las 10:46 de la noche, el cielo de la Ciudad de México se cimbró ante un intenso trueno. El rayo fue visible desde gran parte de la capital y, según varios testigos, hizo retumbar edificaciones y ventanas.
“De pronto pensè que había sido una bomba”, escribió la usuaria de X @marcela_bull. Según explicó la cuenta de divulgación Sismo Alerta Mexicana, el rayo cruzó buena parte del norponiente de la capital:
“comenzó con ramificaciones sobre Chapultepec, avanzó cruzando Marina Nacional y tuvo su impacto o pico final en el norte de Azcapotzalco”.
La misma cuenta de X, aseguró que este rayo tuvo una cantidad de energía equivalente a 59 kiloamperios, muy superior a los 40 que suelen tener los rayos fuertes. Para responder a por qué este fenómeno hizo vibrar ventanas y muros en varias zonas de la ciudad, hay que retroceder y explicar qué es un rayo.
¿Qué es un rayo?
Los rayos son descargas de electricidad estática que ocurren cuando las nubes se cargan. Durante una tormenta eléctrica, las partículas en las partes superiores de la nube se cargan positivamente y las partes inferiores adquieren una carga negativa.
Las nubes se convierten en grandes pilas que “necesitan” liberar la energía que han acumulado. Cuando esta energía se libera, puede ser en la forma de resplandores intensos, que conocemos como relámpagos.
También desencadenar rayos, que ocurren cuando el aire se ioniza hasta convertirse en un plasma que rebasa los 30 mil grados centígrados. Es decir, un rayo puede ser fácilmente cinco veces más caliente que el Sol.
Esta enorme temperatura desencadena una onda de choque que agita el aire a su alrededor de forma violenta. Ese fenómeno acústico es lo que conocemos como un trueno.
¿Entonces los rayos pueden “causar” sismos?
En el célebre libro Principio de incertidumbre (ERA, 2008), el poeta mexicano Jorge Fernández Granados escribió: “Hay un punto en que dos cuerpos coinciden sin tocarse”. Aunque parezca una imagen fantasiosa, el autor en realidad se refiere a un fenómeno muy común en el valle de México:
“Una turbina de avión cruza el cielo turbio de la ciudad y el vidrio de la ventana vibra de pronto como en un éxtasis”.
¿Cómo es posible que un avión que está a varios kilómetros por encima de nosotros pueda hacer vibrar una ventana? La respuesta es sencilla: porque sus vibraciones, que viajan por el aire, se transmiten a una frecuencia específica que hace resonar el vidrio.
En rigor, es el mismo fenómeno que el habla y la audición, aunque a una magnitud distinta: una persona perturba con su cuerpo el aire y esas vibraciones son interpretadas por una membrana de nuestro cuerpo, que resuena ante esa frecuencia específica. Aquel instrumento es, por supuesto, nuestro oído.
Esto mismo ocurrió con el rayo del 19 de junio pero en una escala mucho mayor. Al descargar su energía en la tierra, el rayo calentó el aire a su alrededor y provocó una explosión que retumbó varios kilómetros a la redonda. Y fue tan fuerte que hizo vibrar muros.
¿Se le puede considerar un sismo? Esto dependerá de nuestra definición de movimiento telúrico.
Podemos, por ejemplo, apegarnos a la definición del Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred):
“Los sismos son las vibraciones de la tierra ocasionadas por la propagación en el interior o en la superficie de ésta, de varios tipos de ondas”.
Esta definición no atiende necesariamente al fenómeno que causa el movimiento, sino a cómo se percibe: por medio de ondas. En esta definición, un trueno sí puede provocar un sismo, pues muchos de estos generan el estruendo necesario para perturbar un sismógrafo.
Cabe señalar que los sismógrafos son instrumentos sumamente sensibles, capaces de detectar el movimiento de coches o incluso los pasos de una persona. No obstante, si por sismo nos referimos al movimiento súbito que ocurre cuando se libera presión en la tierra por el movimiento de placas tectónicas, en ese caso el rayo del 19 de junio no provocó un sismo, pues no tiene relación alguna con la actividad geológica.
Podemos decir, sin lugar a dudas, que aquel rayo del 19 de junio hizo retumbar la tierra y fue captado por los simógrafos de la ciudad. Pero no podría, por ejemplo, desencadenar un genuino movimiento telúrico.