En medio de torres con lujosos departamentos y enormes corporativos, hay un vecindario que se resiste a ser borrado del mapa de la Ciudad de México. Es la cerrada de Lago Andrómaco, en la alcaldía Miguel Hidalgo.
La zona donde está ubicado es en la colonia Ampliación Granada, una zona que las inmobiliarias insisten en decirle "Nuevo Polanco", así pueden elevar los costos de cualquier cosa que construyan ahí.
Pero en este vecindario no hay fachadas minimalistas, ni cafeterías de especialidad. Lo que permanece son casas coloridas, vecinos que se conocen por su nombre y familias que llevan más de medio siglo compartiendo el mismo espacio.
“No ha sido fácil”, dicen. El aumento en la plusvalía elevó el costo del agua, electricidad, predial y otros servicios. Las inmobiliarias tocan la puerta con ofertas para comprar sus casas; y es que, cualquier departamento nuevo en esta colonia, por más pequeño que sea, cuesta al menos 6 millones de pesos.
Una colonia con memoria
Cuando Socorro Rosas habla de Ampliación Granada, lo hace con orgullo. Tiene 70 años viviendo en la cerrada de Lago Andrómaco. Aquí creció, aquí formó su familia y aquí mantiene una cocina económica que, como muchas otras del callejón, nació cuando la zona estaba rodeada de fábricas.
Por eso le molesta escuchar que el lugar ahora aparezca en los anuncios inmobiliarios como "Nuevo Polanco".
"No, no es la 'Nueva Polanco', es Ampliación Granada".
Desde la entrada de su casa pueden verse edificios con decenas de pisos que le han tapado la luz del sol al callejón; aun así Socorro presume el vecindario, dice que es un lugar seguro, limpio y que la organización vecinal los ha mantenido ahí después de tantos años.
"Nunca hemos permitido que entre gente extraña. Si yo quisiera vender aquí, tenemos un convenio entre los vecinos de venderle a los mismos de aquí. Por ejemplo, yo puedo venderle a una vecina que ya no quepa su familia, que el hijo se le casó.... Y así quedan las mismas familias".
Ese pacto informal ha evitado, hasta ahora, que las casas terminen en manos de inversionistas.
Antes de los edificios, estaban las fábricas
Mucho antes del Museo Soumaya o la Plaza Carso, Ampliación Granada era una zona obrera. Raúl Sosa todavía recuerda esa época. Hoy vende tacos en el callejón donde ha vivido desde los once años. Tiene 64 años.
"Hoy usted ve edificios y todo esto, pero esto no estaba antes; nosotros llegamos primero. Este vecindario ya casi tiene cien años".
Raúl explica que las cocinas económicas nacieron para alimentar a quienes trabajaban en las fábricas que estaban en la zona. "Mi abuela, mi tía y otras señoras les llevaban de comer a la gente, o venían a comer aquí. Hoy es gente de oficina; en aquel entonces era gente obrera".
La clientela cambió, pero la tradición continúa.
A la una de la tarde los comensales empiezan a llegar, desde trabajadores de la construcción hasta empleados de oficina. Comer ahí está al alcance de su bolsillo. Una comida corrida cuesta alrededor de 120 pesos, una tercera parte de lo que gastarían, mínimo, en los restaurantes de la zona.
Paradójicamente, muchos trabajadores desconocen la historia del lugar e incluso se refieren a él con un apodo poco favorecedor: “Las favelas de Polanco”.
"Yo creo que ese apodo viene desde un lugar clasista, a lo mejor porque no tiene el mismo nivel socioeconómico de zonas que están aquí a lado, ¿no? Los departamentos que están aquí enfrente, pues son muy inaccesibles para el grueso de la población mexicana”. Dice Fabián Vázquez, ingeniero en audio que visita a su abuela en el callejón.
Fabián apoya a su familia con la venta de dulces típicos y, al igual que el resto de vecinos, defiende a la colonia como “Ampliación Granada”, piensa que el vecindario donde vive su familia resiste a la urbanización descontrolada y que abrir las puertas a los trabajadores de los corporativos es una forma de mantenerse fuerte.
La presión para vender
La plusvalía también llegó convertida en mensajes de inmobiliarias. Raúl Sosa recibió uno hace algún tiempo, le ofrecían tres millones de pesos por su casa. Él borró el mensaje y bloqueó el número del que le escribieron. La respuesta nunca estuvo en duda.
"Yo vivo aquí desde los once años. Aquí nacieron mis hijos, mis nietos. Es un arraigo muy fuerte".
No es el único de los vecinos que ha recibido ofertas de ese tipo, es una constante en los últimos años. Pero ellos tienen un acuerdo: “o venden todos o ninguno”, y la primera es una opción muy lejana.
El acoso de las inmobiliarias no es de gratis, la plusvalía de la zona registra un aumento de entre 6% y 12% anuales. El costo promedio de la vivienda por metro cuadrado es de 82 mil pesos. Una cifra por encima de la media delegacional de 62 mil pesos.
La ciudad que desplaza
Lo que ocurre en Ampliación Granada no es un caso aislado. La especialista en vivienda, María Silvia Emanuelli, explica que esto responde a una transformación impulsada por el mercado inmobiliario, que reestructura el espacio, las relaciones sociales y reemplaza a los residentes de menores ingresos por los de mayor estatus socioeconómico.
Ese proceso, conocido como gentrificación, no sólo modifica edificios o calles, también transforma la composición social de los barrios.
"Lo que estamos viendo es la resistencia de los barrios tradicionales frente a ese fenómeno que es un poco de borramiento de lo popular".
La investigadora considera que las autoridades deben impulsar políticas que permitan a los habitantes originales permanecer en sus comunidades, como lo que se planteó hace un año en el decreto “Bando 1” para combatir la gentrificación en la CDMX. Ahí se establecieron 14 medidas regulatorias enfocadas en la justicia habitacional.
“Yo creo que es muy importante la lucha que están dando estas personas. Todas las personas deberían tener el derecho a permanecer en el lugar en el cual decidieron vivir”, agregó.
Mientras tanto, en la cerrada de Lago Andrómaco, no se habla de políticas públicas o de gentrificación. Los vecinos se ocupan de servir los últimos platos del día. Empiezan a limpiar y a recoger las mesas del pasillo. Planean el menú del día siguiente. Bromean con sus vecinos al pasar. Esa es su forma de resistir.
Detrás de los edificios más exclusivos de la capital, existe un barrio que se niega a desaparecer.