“La policía no me cuida, me cuidan mis amigas”, la consigna coreada en marchas feministas tantas veces se hizo lo más cierta posible aquella tarde del 25 de junio, en que las compañeras de varias colectivas de Yeritza Bautista, un puñado de 25 mujeres, decidieron que no se dispersarían ante la amenaza de decenas de granaderos que las rodeaban.
La protesta frente a la llamada Ciudad Judicial de la Ciudad de México era por la liberación de quien Yeri acusa de tentativa de feminicidio, Carlos Enrique N, el hombre que la violentó por años y que la última vez que estuvieron juntos presuntamente intentó ahorcarla.
Ante la amenaza de más de 200 granaderos, Yeri le pidió a sus compañeras que se dispersaran, pero ellas se negaron a irse. La arroparon, como no lo estaba haciendo el estado frente a la violencia feminicida.
El poder judicial de la Ciudad de México liberó a Carlos al reclasificar su delito de tentativa de feminicidio a violencia familiar. Los tres magistrados de la Cuarta Sala Blanca García Sánchez, Erika Epifanía Resendi Ramírez y el magistrado presidente Rafael Inti Castillo Serrato fueron quienes determinaron la reclasificación.
El inicio de todo
Yeri conoció a Carlos en su trabajo, en una firma de contaduría. Lo describe como encantador. “Un narcisista”, dice. Carismático y atento, se dejó llevar por él. Las primeras semanas de la relación fueron de encanto. Pero pronto aparecieron los celos excesivos, la violencia verbal, después la física en forma de golpes. Hasta que Yeri acabó en el hospital.
Una noche de febrero de 2020, después de propinarle muchos otros golpes en medio de un ataque de celos, Carlos azotó la cabeza de Yeri contra una barra desayunadora de concreto. La mandíbula se le abrió. Tuvo exposición de encía y perdió cinco dientes.
En la cama del hospital, Yeri escuchó la voz de Carlos amenazándola una vez más. "Que te quede claro que tienes que decir que te caíste de la escalera, porque tú ya viste lo que puede pasarte, y no me vas a dejar, saliendo nos vamos a la casa", recuerda que le dijo. También amenazó con hacerle daño a su familia. Ella le pidió que no hiciera nada, que se quedaría con él. Al salir del hospital se fueron juntos a la casa que compartían.
La violencia siguió. Carlos la encerraba en el cuarto, no la dejaba bañarse con agua caliente y no podía tomar cosas de la despensa, aún con la mandíbula lastimada y sin cinco dientes, solo le permitía comer frituras. Yeri pesaba ya solo 39 kilos. A su familia no la veía. Él la había aislado de todos sus apegos.
El 22 de marzo de 2020, Carlos volvió a atacarla. Esta vez ella alcanzó a llamar a su familia y les pidió ayuda. Pero mientras llegaban y en el punto máximo de la agresión, Carlos la tomó del cuello y la llevó así por un pasillo angosto hasta la cocina. No terminó de ahorcarla, dice Yeri, porque llegaron sus papás, junto con la policía.
La resolución
Durante seis años después de ese hecho, Yeri libró una dura batalla judicial. Aportó pruebas y logró que sentenciaran a su agresor por tentativa de feminicidio no una sino dos veces. El primer descalabro llegó con los años de pena, 11 años y ocho meses de prisión. La mínima por ese delito, pese a que las autoridades lo encontraron casi infraganti.
Carlos y sus abogados interpusieron un recurso de apelación en contra de la sentencia y los tres magistrados de la Cuarta Sala del Poder Judicial de la Ciudad de México decidieron dejarlo en libertad, después de seis años de lucha legal de la víctima.
En los puntos claves de la resolución de los magistrados, de los que este medio tiene copia, se reclasifica el delito a violencia familiar, se le dictan seis años de prisión al agresor y, al considerar el tiempo ya cumplido en reclusión desde su detención en 2020, se ordena su inmediata liberación. Además, se le retiran a Yeri las medidas de protección y el derecho a la reparación del daño.
Los días posteriores
A Yeri la noticia le llegó el 9 de junio, cuando ya caía la noche. Había acabado de trabajar e iba saliendo de su casa para ir al gimnasio, pero no alcanzó a atravesar la puerta, la llamada de su abogado entró justo en ese momento. Él le preguntó si estaba en su casa y si se encontraba con su familia, Yeri supo que algo malo había pasado. Pidió saber la verdad.
No lo podía creer. "¿En qué se basan para reclasificar el delito? En que si me hubiera querido matar lo hubiera hecho, que tuvo suficiente tiempo para haberlo hecho. También indican en alguna parte de la resolución de más de 90 hojas que la violencia que yo viví en esa casa fue culpa de mi familia porque no me retiraron de ahí a tiempo.", dice Yeri.
Al recibir la noticia, empezó a llorar, recuerda. El miedo y la impotencia llegaron como un vendaval. Buscó refugio en los brazos de su mamá. Ahí lloró, lloró mucho. Después empezó a hacer llamadas, a compañeras de colectivas, a la Secretaría de las Mujeres y al Centro de Justicia para las Mujeres. Su prioridad urgente era recuperar las medidas de protección. Algo que no ha logrado todavía.
"Ha sido una cadena de impunidad, una cadena de indiferencia, una cadena de corrupción, de negligencias, de omisiones", se queja.
Su vida volvió a colapsar. Regresó el temor a que Carlos ahora sí logre asesinarla, dice. Regresaron las noches de insomnio y las vueltas a la fiscalía, a la Secretaría de las Mujeres, al Centro de Justicia para las Mujeres. Regresaron las amenazas anónimas en redes sociales. “La hiena está suelta. La hiena está enojada”, lanza una.
Yeri ha dejado de hacer sus actividades cotidianas. Dejó de salir a la calle, aumentó la frecuencia de su terapia (que antes era mensual y pasó a ser semanal) y ha tenido que lidiar con un ir y venir de emociones, frustración, enojo y cientos de ataques de odio y amenazas en redes sociales tras la liberación del agresor.
Ya se amparó contra la resolución, acudió con sus abogados al tribunal de disciplina y el 30 de junio presentó una denuncia formal exigiendo la destitución de los tres magistrados.
"Si a mí me pasa algo, nadie me va a poder decir que yo no hice lo que me correspondía. He hecho lo que el sistema ha demandado de forma injusta. He hecho lo que la tortura institucional te obliga. He hecho eso y más. Y no ha servido para hacer justicia y tener protección institucional”.
Pese a todo, Yeri no quiere que le gane el miedo y la desesperanza. En eso le ha ayudado mucho su familia y sus compañeras de la colectiva "Yo solita me digo cuando estoy comiendo, cuando me estoy bañando, cuando voy al mercado, que aunque Carlos esté libre, la lucha ha valido la pena. Aunque él hoy haya comprado su libertad, ha valido la pena porque conocí a todas mis compañeras en esta lucha, este proceso ya no solo es mío, es de ellas también y es por todas."