Malena, 70 Años: Una Vida Entera Bajo el Peso del Trabajo y los Cuidados
En México, 62.9% de las mujeres viven en pobreza de tiempo: sus jornadas se dividen entre trabajo, labores domésticas y cuidados, con poco espacio para descansar o atenderse.

En México, 62.9% de las mujeres viven en pobreza de tiempo: sus jornadas se dividen entre trabajo, labores domésticas y cuidados, con poco espacio para descansar o atenderse.

Los primeros rayos del sol ni siquiera han iluminado la cocina de Malena y ella ya comenzó su día. Se bañó y se peinó enfrente del espejo que se encuentra a un costado de su puerta, colocado estratégicamente para que ella pueda verse. Luego de cepillarse, se hace un moño de bailarina tenso. No le gusta que el cabello le estorbe cuando trabaja. Antes de comenzar con sus tareas, habla con Dios.
"Señor, bendice la obra de mis manos, dame fuerza, fortaleza, sabiduría y entendimiento para poder llevar a cabo todo lo que tengo que hacer hoy", proununcia María Elena Quiroz a quien le dicen de cariño 'Malena'.
Ella tiene 70 años, y 45 de ellos los ha dedicado a trabajar en diferentes cosas, pero principalmente en la venta de comida en cooperativas y puestos, uno de los trabajos más valorados por la clase trabajadora mexicana y también uno de los más demandantes. Por lo mismo dice que ella dormita, no duerme. No descansa. Apenas si consigue conciliar el sueño unas cuatro horas, seis si es buen día.

Vive entre ollas, platos, sartenes, bolsas de mandado y tazas de café que esperan el momento para ser tomadas. Pero eso casi nunca sucede.
"Puedo hacerme una taza en la mañana, pero me la puedo acabar hasta las cuatro o cinco de la tarde porque ando de aquí para allá, haciendo mi trabajo, mis quehaceres", dice mientras lava los platos que usará para cocinar lo que venderá en el puesto de antojitos y garnachas que tiene con su hija Yanet. Son un equipo. Malena cocina y su hija vende.
Su jornada más pesada comienza desde el viernes, cuando prepara las salsas, el pollo y la carne de los tamales que venderá la mañana del sábado y domingo, además de pelar y cocer las mollejas que se venden ese mismo día.
"Ahorita la estufa no para hasta las siete, ocho de la noche”, termina la frase volteando a ver su reloj de pared, el mismo que durante una temporada actuó de verdugo. Le dictaba sentencia con cada segundo avanzado, recordándole que iba tarde, que no acababa, que ya no tenía tiempo. Hoy, eso es diferente. Le gana tiempo al tiempo.
"Mi reloj siempre está adelantado una hora. Ya me acostumbré así, siento que hago más cosas. Aunque luego vienen los reclamos: ¿por qué no estuviste?, ¿por qué no hiciste?"
Malena forma parte de las dos millones de madres solteras en México que tuvieron que mantener a sus hijas sin importar qué. Fue proveedora y cuidadora a la par. Las horas del día las tenía que dividir para poder lavar, planchar, hacer de comer, llevar a sus hijas a la escuela, recogerlas, abrir la cooperativa, surtir y atender siempre con una sonrisa.
Ese ritmo de trabajo lo aprendió desde niña. “De chiquitos mi papá nos paraba y decía: órale, si el trabajo no cansara, no habría tanto huevón”, dice entre risas mientras desmenuza el pollo que ya se alcanzó a cocer.
La mayoría del tiempo estuvo enfocada en generar el dinero suficiente para que a sus hijas no les faltara nada, pero su ausencia como madre aún la recuerda con un sentimiento de frustración y tristeza.
Mientras apaga una olla, ya está buscando otra para preparar lo que sigue. Hace pausas para atender la puerta, contestar su teléfono o quitar los comerciales que salen en la televisión. Ese día quiere terminar de ver el episodio de su serie favorita. El día avanza y su cansancio también.
El único momento en el que toma una pausa, e incluso se sienta, es durante la comida, 30 minutos de paz.
"Luego le digo a mis hijas, 'Ay, ya sáquenme de trabajar, ya, ya estuvo'. No, ya. Pero lo digo de broma. Porque siento que si dejo de trabajar es porque ya me voy a morir".
Al preguntarle qué haría si tuviera un día libre, contesta que le gustaría estar acostada, tomando café, fumando un cigarro. Lo enuncia como un sueño ridículo, como si fuera imposible o una pérdida de tiempo.
"Yo pienso que las mujeres le echamos para adelante por la fuerza que te dan los hijos. Si estuviera sola, tal vez no hubiera trabajado tanto".
Malena forma parte de una realidad que afecta de una manera desproporcionada a las mujeres. Un estudio basado en la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo encontró que el 62.9 % de las mujeres en México vivían con pobreza de tiempo, frente al 7.1 % de los hombres.
El concepto fue planteado en 1977 por el economista Clair Vickery, quien propuso ampliar la forma de medir la pobreza. Además del ingreso, consideró el tiempo como un recurso necesario para el bienestar de los hogares.
A pesar de las largas jornadas de trabajo, tiene buena salud. Sus manos pequeñas, que muestran los años de trabajo duro e incluso el cambio de temperatura entre la cocina y el fregadero, son las únicas que resienten su cansancio.
Los pocos momentos de su vida en donde ha descansado, dice soñar con su mamá. La recuerda como una mujer trabajadora, como ella.
Ella murió a los 89 años y todavía a esa edad hacía de todo. "Ahora sí que uno va sacando los dones de la mamá y yo guiso como ella, siempre lo he dicho", pero lo dice con dolor y con los ojos perdidos en el vacío, como si tratara de buscar en la nada su recuerdo.
A las 18:30 horas, ya todo está listo. Sus nietos e hija toman los guisos y los comienzan a subir al puesto. Malena, si ya acabó y no se siente tan cansada, ayuda y despacha un rato. Solo regresa a casa para acostarse tres horas antes de levantarse a lavar la hoja de maíz y preparar los tamales que venderán a las 6:00 horas.
Entre la oscuridad de la madrugada y el fuego de sus cacerolas, Malena enciende un cigarro y toma dos sorbos de su café negro. Las noches duran poco, el trabajo nunca acaba y sus jornadas son largas. Su cocina es su única compañera.
HVI