El T. rex No Era un Asesino de Sangre Fría: Tenía Temperatura Similar a la de los Humanos
¿Los tiranosaurios retozaban al Sol como las iguanas o generaban su propio calor? Esto revela un novedoso estudio

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¿Los tiranosaurios retozaban al Sol como las iguanas o generaban su propio calor? Esto revela un novedoso estudio

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Los cocodrilos pueden pasar largas horas al Sol para regular su temperatura. Las gallinas en cambio tienen una temperara corporal aun mayor a la de los humanos. Unos son de sangre fría, otros de sangre caliente y ambos son en distintos grados parientes de los extintos dinosaurios.
De ahí la duda: ¿los dinosaurios tenían sangre fría o caliente? Ahora un estudio indica que al menos el tiranosaurio no era, en realidad, un asesino de sangre fría.
Esta cuestión ha perseguido a los especialistas por años. La razón es simple: los animales de sangre fría (también llamados ectotermos) suelen tener comportamientos muy distintos a los de sangre caliente (los homeotermos).
Los lepidosaurios, como las iguanas y los cocodrilos, se consideran primos relativamente cercanos a los dinosaurios, pero tienen sangre fría. En cambio, las aves, los únicos sobrevivientes del orden Dinosauria, cuentan con un sistema que les permite regular su temperatura.
Los gorriones que vemos en el parque son dinosaurios. Las gallinas son dinosaurios. ¿Por qué sus ancestros no tendrían el mismo sistema térmico?
La literatura ha ofrecido con el paso de las décadas evidencia contradictoria. En el imaginario, los dinosaurios han pasado de ser lagartos de piel escamosa y seca a gallo gigantes con plumas, más parecidos a las avestruces que a los caimanes. Incluso las películas de Jurassic Park han reflejado en sus sucesivas entregas los nuevos consensos de la comunidad científica.
Y aún así, en todo este tiempo, nadie había podido resolver si los dinosaurios retozaban al Sol para calentarse o no. El asunto no es menor: tener la sangre fría o caliente determina cuánto alimento necesitaban al día, en qué climas preferían habitar y cómo respondían a los cambios en las estaciones.
La importancia de este detalle se pone de relieve si se considera que no hay cocodrilos en los polos, pero los pingüinos son los reyes de la Antártida. Unos necesitan mucho Sol; los otros, solo pescado.
Ahora, un estudio elaborado en la Universidad de California en Los Ángeles ha buscado zanjar la cuestión utilizando un método novedoso. Los investigadores liderados por Randon Flores analizaron los isótopos presentes en el esmalte dental de tiranosaurio.
Como hemos explicado en otras ocasiones en N+, los dientes ofrecen grandes pistas sobre sus dueños. Los dientes no son huesos. Por dentro, tienen colágeno, como nuestros tendones y nuestra piel, pero por fuera tienen un esmalte que no se regenera. Estas peculiaridades le permiten guardar evidencia importante del entorno y de los animales a los que pertenecieron.
Por su parte, los isótopos son los distintos modelos en que se puede presentar un mismo átomo. Un átomo de carbono, por ejemplo, se identifica porque tiene 6 protones en su núcleo. Pero puede tener seis, siete o incluso ocho neutrones.
Esta variación no cambia su identidad, pero sí otras propiedades. En un pedazo de grafito, la mayor parte serán carbono-12 (6 protones y 6 neutrones), pero una minúscula minoría será carbono-14 (con 6 protones y 8 neutrones). Este último isótopo se desintegra con el tiempo, es decir que es radiactivo, y su ritmo de desintegración puede emplearse para datar un objeto.
En este caso, los científicos midieron la proporción de carbono-13 en tres dientes de Tyrannosaurus rex, hallados en Hell Creek, una célebre formación ubicada en Montana, Estados Unidos.
La proporción de este isótopo nos puede indicar si un animal comía más o menos plantas, si vivía en entornos marinos o si vivía en entornos terrestres. Y, además, nos indica la temperatura del animal en relación con su entorno.
Al analizar los tres dientes de tiranosaurio, los científicos de la Universidad de California hallaron que el rey de los cazadores del Jurásico tenía una temperatura corporal promedio de 36.3 grados centígrados, semejante a la de los elefantes modernos y apenas inferior a la de los humanos. Además, comprobaron que esta temperatura era superior a la del entorno.

En cambio, según se refleja en el estudio publicado en Science Advances, los cocodrilos de la misma formación de fósiles tenían una temperatura inferior a la del ambiente:
“Los dientes de cocodrilianos contemporáneos de la misma formación mostraron temperaturas significativamente inferiores a las del T. rex. La comparación con paleotemperaturas estimadas mediante indicadores indirectos y con simulaciones de modelos indica que el T. rex mantenía una temperatura corporal superior a la de su entorno”, se lee en el estudio.
A partir de estos resultados, los investigadores infieren que los tiranosaurios podrían haber habitado la mayor parte del territorio de lo que hoy es Norteamérica. No solo habrían habitado en aquellas zonas con climas cálidos; con sangre caliente, el Tyrannosaurus rex bien pudo haber llegado a los puntos más elevados y fríos del continente:
“Las proyecciones de idoneidad del hábitat para el T. rex, basadas en estos resultados, sugieren que la mayor parte del paleocontinente norteamericano —incluidas las latitudes más elevadas y frías— era potencialmente accesible para la especie”.
El misterio no está resuelto para el resto de los dinosaurios, pero al menos hoy sabemos que los tiranosaurios dormían calientitos como sus modernos descendientes, los pollitos.
