De 48 equipos que llegaron al Mundial 2026, en este momento solo sobreviven 8. Mientras una reducida minoría vive los cuartos de final con una ilusión incomparable, los demás fanáticos van asimilando la derrota de su equipo. ¿Pero por qué nos genera tanta tristeza la derrota de nuestro equipo? Esto responde la ciencia.
La importancia de tomarse en serio un juego, según la filosofía y la ciencia
Cada vez que llega un campeonato internacional, los locutores nos recuerdan que el futbol “es más que un juego”. Al margen de la cursilería, estos dichos guardan más sabiduría de lo que aparentan.
Hans-Georg Gadamer, uno de los principales filósofos del siglo XX, escribió en Verdad y Método un alegato a favor de la importancia del juego. Para el alemán, todo juego y toda obra de arte de relevancia comparten la particularidad de que nos “sacan” del mundo.
Una novela apasionante o un partido de vida o muerte parecen suspender la realidad que nos rodea. Durante 300 páginas o durante noventa minutos nada tiene más importancia que el juego.
Ambas actividades nunca dejan de ser lúdicas, pero eso no las vuelve menos importantes para nuestro cerebro. Por ello, el filósofo señala que hay una sola condición para que un juego de verdad sea disfrutable: hay que tomárselo en serio. Para Gadamer, no hay mayor aguafiestas que aquel que no se involucra con sinceridad en el juego; jugar sin tomártelo en serio “rompe la ilusión” y arruina la experiencia de los otros.
¿Pero por qué necesitamos que un juego parezca real para disfrutarlo?
Jorge Volpi lo explica de la siguiente forma en su libro La invención de toda las cosas: “ficcionar” es más que “contar historias”, es la capacidad de articular el mundo a través de historias. Al respecto, en entrevista con N+, el autor mexicano explicó:
“El cerebro humano la única manera que tiene de relacionarse con el mundo es modelándolo y completándolo".
¿Si no es real, por qué se siente real?
Las meditaciones de Gadamer tienen una resonancia fisiológica y neurológica. Para nuestro cerebro, la experiencia de jugar en carne propia no es muy distinta a la de jugar vicariamente a través de nuestro equipo favorito.
Lo que cambia entre ganar la Copa del Mundo o solo verlo por la televisión son las adiciones con que salpimentamos el juego. La expectativa no es igual para un jugador profesional, que puede definir su futuro económico en un partido, que para un aficionado, cuyo sostén material no se ve perjudicada por la victoria.
No obstante, en la derrota el cerebro del aficionado no tiene muchos mecanismos para separar la experiencia del juego de la experiencia vital.
En cierto sentido, cuando ellos pierden, nosotros perdemos. Y cuando ellos ganan, nosotros también. Un fenómeno semejante ocurre cuando los padres ven perder o ganar a sus hijos en la cancha.
Aunque esto vuelva dolorosas las derrotas, también explica los beneficios psicológicos de ser aficionado.
Un estudio de 2011 publicado en The International Journal of Aging and Human Development encontró que la afición a un equipo era beneficiosa para los adultos mayores. Según los investigadores “la identificación con el equipo y la salud psicológica social deberían están relacionadas positivamente”.
¿A qué se debe la tristeza cuando pierde nuestro equipo?
Hay un último factor que se debe mencionar: el cerebro es adicto a las emociones que pueden generarse en un juego. Nuestro cerebro cuenta con un sistema de recompensas, que nos entrega placer no solo cuando completamos una tarea, sino también cuando la anticipamos.
Cuando conseguimos un logro, o cuando anticipamos que habremos de conseguirlo, nuestro cerebro libera dopamina. Este neurotransmisor es crucial motivarnos. Y este sistema de recompensa funciona también cuando apoyamos a nuestro equipo, pues para nuestro cerebro nosotros también somos parte del juego.
Por supuesto, se trata de una espada de doble filo, pues también hay una reacción cuando nuestro equipo es derrotado. En ese momento el sistema de recompensas que se mantuvo a tope por semanas en nuestro cerebro de pronto se detiene.
Para el cerebro, la derrota de la selección se vive de forma semejante a la de, por ejemplo, una ruptura amorosa. En ambos casos había un suministro constante de dopamina que se detiene súbitamente y que provoca malestar.
Por ello, no es exagerado sentirse mal o triste porque perdió nuestro equipo. Pero hay que entender que la derrota es parte fundamental del juego. La única forma de disfrutar el juego es tomándolo en serio, aunque a veces la pasión conduzca al anverso del gozo.