Hace cien años los agujeros negros eran una de las interpretaciones más descabelladas de la teoría de la relatividad de Einstein. Hoy en día no solo los detectamos de forma rutinaria; también hemos conseguido fotografiarles buscan el brillo del disco de acreción que se forma a su alrededor.
En la vuelta de un siglo, estos objetos han pasado de ser una fantasía o un motor del pensamiento científico. Pero eso no significa que el cosmos ya no tenga trucos bajo la chistera.
El lanzamiento del telescopio espacial James Webb ha expandido por igual nuestro conocimiento sobre los planetas del vecindario y sobre los márgenes del espacio profundo. Capaz de ver más lejos que ningún otro observatorio jamás construido, este telescopio alcanza a ver en el pasado remoto del universo.
Gracias a la relatividad, hoy sabemos que el espacio-tiempo es una sola entidad y que mirar lejos en el espacio es, necesariamente, mirar lejos en el tiempo. Cuando el telescopio mira un objeto a 13 mil millones de años luz de distancia, mira cómo era hace 13 mil millones de años.
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Telescopio James Webb Captó Llamarada de Gases Hirvientes en Estrella en Crecimiento
Y cuando el James Webb se asomó en la infancia del cosmos encontró, entre otros fenómenos, unos coloridos “pequeños puntos rojos”. Aunque su identidad no era clara, pronto los científicos entendieron que su importancia era mayúscula.
Los pequeños puntos rojos salen en todas las fotos que toma el James Webb del universo temprano. Su luz no se correspondía con el comportamiento de galaxias, pero tampoco con el de los agujeros negros típicos. Para colmo, a “apenas” 600 millones del Big Bang, literalmente no había existido tiempo suficiente para incubarlos.
La posible respuesta ha llegado gracias a un equipo de investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) liderados por el joven Rohan Naidu. Estos astrofísicos miraron en las imágenes más lejanas, y por lo tanto más antiguas, que había tomado el James Webb y fijaron su atención en el punto más rojo de todos.
Al analizar este objeto, ahora nombrado MoM-BH*-1, los científicos hallaron su “identidad secreta”: se trata de un agujero negro envuelto en una nube de gas tan densa que brilla como una estrella; y en realidad no se parece a ninguno de los dos. Al respecto, Naidu señala con confianza al diario The Guardian:
“Hemos encontrado un nuevo tipo de objeto astronómico, una estrella de agujero negro”.
Una estrella es una nube de gas extremadamente compacta, donde la atracción es tan fuerte que los átomos de hidrógeno se fusionan en helio. Un agujero negro común suele nacer de la muerte de una estrella. La masa extrema del astro provoca que colapse sobre sí misma. Este pozo no deja escapar la luz que cae en él, aunque su alrededor se pueden formar torbellinos de gas que brillan con gran intensidad. A este remolino de materia se le llama disco de acreción.
El objeto astronómico analizado en el artículo publicado en Nature no se ajusta a ninguna de estas definiciones. No es una estrella que fusiona hidrógeno ni es un agujero negro con una espiral de gas.
Según explicó Naidu en un comunicado, una estrella de agujero negro se compone de un pozo negro más grande que el Sol, envuelto en una nube de gas del tamaño del sistema solar:
“Creemos que existe un agujero negro central con una masa 100 mil veces superior a la del Sol. Y rodeando a este agujero negro habría una envoltura de gas muy extensa que se asemeja a una estrella del tamaño del sistema solar. Es enorme”.
Como resultado este objeto emite 100 mil millones de veces más energía que nuestra estrella. Las fuerzas gravitatorias que ejerce serían mucho mayores a las de cualquier estrella. Según los cálculos de Naidu y compañía, estos objetos habrían podido madurar rápidamente en la infancia del cosmos. Paradójicamente hoy estarían casi extintos:
“Estos pequeños puntos rojos parecen estar por todas partes en el universo primitivo, pero prácticamente desaparecen en la época actual”.
Las estrellas de agujeros negros no solo serían la respuesta al misterio de los pequeños puntos rojos. Con suerte, también podrían explicar el nacimiento de los agujeros negros supermasivos, capaces de volverse el vértice de galaxias.
Ante los resultados publicados en Nature, acaso el siguiente paso sería comprobar la existencia de los agujeros blancos.